¡ES EL SEÑOR!

Jesús se acerca toma el pan y se lo da, y lo mismo del pescado…

Juan 21, 1-14

Juan reconoció al Señor a lo lejos: ¡Es el Señor! El adolescente del grupo, aquel con amor tan puro por su Señor, es el primero en reconocerlo. Así es el amor, capaz de saber dónde está Cristo, capaz de sentirlo donde a lo mejor muchos ojos son incapaces de reconocerlo.

Pedro al darse cuenta de la buena noticia, cree al muchacho y no está dispuesto a esperar: sin que la barca llegue a la orilla, se tira al mar y va hacia donde está el fuego encendido. Así es Pedro, en medio del mar, es decir, el mundo, lleva el primado.

Otros signos importantes son el mar, la barca y los peces. El mar simboliza el mundo y la barca la Iglesia. Los peces son las personas que pertenecemos a esa pesca encomendada por Cristo a los Apóstoles y con ellos, las redes simbolizan la unidad como pueblo, como asamblea de Dios. Como veis, es un pasaje lleno de símbolos ricos en significado.

Cristo reafirma una vez más su condición de resucitado, volviendo a hacer hincapié en que no es un espíritu, es él mismo, alguien que come y bebe con los suyos, que parte y comparte el pan, en este caso, el pez que él mismo estaba asando sobre aquellas brasas.

AL PARTIR EL PAN…

¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Lucas 24, 13-35

El tema central de este episodio es el encuentro con Jesús y el reconocimiento que de Él tiene quien lo ama. Los dos discípulos del relato regresaban a Emaus con varios sentimientos a flor de piel: la decepción, la tristeza y la desesperanza. En el camino se encuentran con Jesús Resucitado que se pone a caminar a su lado, aunque sus ojos todavía no eran capaces de reconocerlo. Ellos comienzan a relatar lo acaecido en Jerusalén por aquellos días, ante el asombroso desconocimiento de los hechos por parte del forastero, Jesús marcha a su lado, los escucha.  Ante esta explicación humana de lo que pasó, el Señor comienza a explicar las Escrituras y todo lo que de Él se decía en ellas, de cómo el Mesías debía de padecer y ser entregado en manos de los hombres.

Cuando están sentados a la mesa, sus ojos se abrieron justo en el momento de la fracción del pan, bello nombre de nuestro sacramento más sublime, la Eucaristía. Fijaros que, primero, abre su entendimiento con la Escritura (¡Cuán importante es para nosotros!) y después ellos son capaces de reconocerlo en el pan que se parte y se comparte.

También la Iglesia sigue el camino de Emaús cuando todos los días dejamos que Él nos hable y nos explique las Escrituras y, después, participamos de la mesa del Pan y el Vino, reconociéndolo así en medio de nosotros. ¡Qué gran milagro de amor!

PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO


«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»»

Juan 20, 11-18

La ascensión es el otro paso que dará el Señor: subir al Padre de donde había venido. Jesús aprovecha para clarificar una vez más que el Padre es su Padre y también lo es de nosotros.Fijaos que no dice “subo a nuestro Padre”, sino que dice: “al Padre, al Dios mío” y “al Padre, al Dios vuestro”.

El primer énfasis lo hace clarificándonos que la suya es una filiación diferente, Él es “Dios de Dios y Luz de Luz”, es el Hijo “engendrado y no creado, consubstancial al Padre”.

El segundo énfasis nos indica que somos hechos, en el Hijo, hijos de adopción. Aunque si vamos más allá de lo obvio, a saber, la filiación con el Padre, encontraremos que Cristo ya no nos llama siervos o amigos, nos llama hermanos y como tales, somos coherederos con él.

La fraternidad Cristiana tiene que ver primeramente con esta identificación profunda con el Señor: sólo entendiendo y viviendo esta fraternidad podrá hallar un fundamento sólido la fraternidad humana, cada uno está llamado a ser hermano del Hermano para luego ser hermano de los hermanos.

¡ALEGRAOS!

No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

Mateo 28: 10

Me encanta constatar cómo el Señor no deja de enseñar ni si quiera después de terminar su misión en medio de nosotros: envía como testigos de su Resurrección al grupo de mujeres que va de madrugada a visitar su sepulcro, son ellas las encargadas de anunciar a los varones la buena noticia; ellas, las que no contaban, las pospuestas, las tenidas por débiles, cuyo testimonio no era válido, ellas son las primeras en ver a su Señor Resucitado y enviadas a dar testimonio.

No se trata de un hecho irrelevantes, pues, como nos lo dice el Catecismo:

Ser testigo es ser «testigo de su Resurrección» (Hch 1, 22; cf. 4, 33), «haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos» (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 995

Si es estos encuentros con el Resucitado marcan la esperanza cristiana en la resurrección, cuánto más relevante y especial será este primer encuentro, ya que no se trata solo del contenido que en los demás encuentros está presente, a saber: «El Señor está vivo!, sino que también se trata de la novedad y del mensaje que quiere transmitirnos apareciéndose primero al grupo de mujeres.

EL SEPULCRO VACÍO

Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20: 9

La Escritura a la que hace referencia este versículo específicamente es Isaías 52, 13-53, 12 en el que vemos al Siervo del Señor, sufriendo, pero en medio de una atmósfera de triunfo. Era una figura misteriosa para un judío de la época, por eso los discípulos tuvieron esa especie de revelación y entendieron estos escritos que siempre habían hablado de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestras transgresiones.

El sepulcro vacío, la ausencia del cuerpo del Señor y las vendas «desinflados» en el lugar donde había yacía el cuerpo antes sin vida de Jesús, el sudario doblado en un sitio aparte, todo ello, junto con las posteriores apariciones de Jesucristo, son argumentos a favor del hecho de la Resurrección. Santo Tomás escribió al respecto: «Cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan sficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (Lucas 24, 25-27), el anuncio de los ángeles (Lucas 24, 4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (Summa Theologiae 3, 55, 6 ad 1)

VERDAD QUE LIBERA

Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Juan 8:31-42

Si todo es verdad, ¿qué es la verdad? Si todo vale, ¿hay algo que realmente tengo algún valor? Es el problema del subjetivismo, por ejemplo, donde todo vale y todo es verdad según mi percepción y la percepción del otro, es más, todo es cuestión de percepción, lo verdadero y lo falso no existen por sí mismos, son un constructo de cada individuo y a este problema lo llamamos relativismo, por eso, ambas visiones de mundo, de la realidad van tan unidas.

Cuando la verdad no existe y es tan solo un constructo de las individualidades, se produce una parálisis donde la búsqueda de la verdad cesa y el hombre queda atrapado por las cadenas de un pensamiento asumido sin más y hasta promovido por los falsos profetas de nuestros días, custodiado por leyes y decretos, que terminan por confundir aún más si cabe bajo la premisa «lo legal es lo verdadero», así el hombre termina preso, inmovilizado en su búsqueda de la verdad, porque donde quiera que se mueva y donde quiera que desee cuestionar, se topará con los muros de los políticamente correcto, de la intolerancia, de lo «carca», etc. Salirse del cauce es peligroso y activa los mecanismos de corrección pertinentes.

La verdad de Cristo, en cambio, libera, porque invita a descubrir en Él el modelo de hombre y mujer, el modelo de hijos de Dios, la dignidad profunda que sustenta nuestro ser. Cuando se encuentra con Cristo, el hombre inicia un camino de búsqueda y de encuentro constante mediante el cual va liberando su ser cada vez más mientras que al mismo tiempo va creciendo y va haciendo crecer la sociedad en la que vive: el hombre se convierte en una bendición liberadora para sí mismo y para otros, según el modelo que tiene en Jesucristo. Queda claro, pues, qué tipo de verdad puede hacernos realmente libres.

YO TAMPOCO TE CONDENO

Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Juan 8: 10-11

¡Cuántas piedras levantadas! ¡Cuántas voces alzadas furibundas contra el pecado de los otros! Es lo que vemos en los debates de televisión, tertulias, etc., donde el pecado de unos es comidilla de otros. Es lo que vivimos a diario en las conversaciones entre amigos… Piedras alzadas entre compañeros de trabajo, entre el grupo de amigos. ¡Qué fácil resulta criticar los pecados ajenos! ¡Cuánta hipocresía!

En este pasaje vemos reflejada nuestra propia vida. ¿Qué estamos haciendo ante el pecado y ante el pecador? ¿Tratamos ambas realidades por igual? Según este texto, Jesús no lo hace, distingue muy bien y defiende a la mujer de sus acusadores, pero al mismo tiempo sabe que ha habido un pecado, algo que ha de corregirse. «Yo tampoco te condeno», «vete y en adelante no peques más», son las dos expresiones que nos muestran el actuar de Dios con nosotros: Él no nos condena pero nos lanza el imperativo de no volver a pecar, de valorar esa misericordia que ha mostrado, una misericordia que quiere que hagamos extensiva a los hermanos y a nosotros mismos, ya que en ocasiones podemos llegar a erigirnos como verdugos de nosotros mismos a causa del pecado que hayamos cometido.

Se trata, en definitiva, de salvar esa dignidad esencial de la persona humana, de vivir con la misericordia de Dios, distinguiendo muy bien el pecado de quien lo comete y esto vale también para nosotros mismos. La conversión a la que estamos llamados esta Cuaresma implica también ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Que Él nos auxilie en esta tarea.

El Padre y el Hijo son Uno

Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.

Juan 5:24

En el texto que hoy leemos y escuchamos, Jesús remarca su unión con el Padre y cómo sus hechos y palabras revelan la voluntad de quien lo envió. A Jesús le interesa mostrar que la potestad la posee como recibida del Padre, no obra por cuenta propia sino como enviado. Esto es interesante, porque deja ver con claridad su ser personal, distinto al del Padre y el Espíritu, pero, al mismo tiempo, su ser igual a Dios.

Esta distinción e igualación la deja clara cuando nos lanza esa promesa tan hermosa: «Quien escucha mi palabra y cree al que me envió». Esto implica que ambas tareas están unidas escuchar su palabra y creer en el Padre de tal modo que ambas se reclaman, pues quien no cree en el hijo tampoco cree en el Padre. Como consecuencia de esta escucha y este creer, está el vivir la vida eterna. Lo que más me llama la atención es el tiempo verbal: no dice «tendrá», «poseerá» la vida eterna, sino «posee» vida eterna, con lo cual, podemos empezar a vivir esa vida eterna aquí y ahora, de hecho, es lo que sucede siempre que celebramos la Eucaristía, por ejemplo. Que Dios abra nuestro oído para escuchar y nuestro entendimiento para creer.

EN BETESDA

Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:- «¿Quieres quedar sano?»

Juan 5, 1-3.5-16

La conversión no es tarea fácil. Los propósitos abundan y, definitivamente, hay que hacerlos y hay que dar los pasos para alcanzarlos, pero muchas veces sentimos que no podemos y anhelamos tener no solo al Salvador a nuestros lado, sino también al Dios Todopoderoso que, en un acto de su potestad, irrumpiera en nuestro corazón (nuestra mente) y voluntad y la transformará desde dentro.Esto es lo que muchas personas me han manifestado con la pregunta: “¿padre, si Dios lo puede todo, por qué no me cambia? Sería lo más cómodo, pero al mismo tiempo, lo que acabaría con nuestra libertad, con nuestro libre albedrío y con nuestra voluntad.

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza y esto implica que nos ha creado libres. La Gracia de Dios nos ilumina el camino y nuestros pies con su auxilio caminan, su Gracia en nosotros, nosotros en Él. En el Apocalipsis hay una frase que nos ilustra al respecto: “he aquí que estoy a la puerta y llamo…” (Ap 3:20) El Señor es, pues, una persona respetuosa con la libertad de sus hijo, nunca irrumpirá en nuestra vida y siempre nos preguntará como al hombre de Betesda: “¿Quieres quedar sano?” Y he ahí que con nuestra respuesta empiezan grandes milagros.

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EL PADRE MISERICORDIOSO

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo.

Lucas 15, 1-3.11-32

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. (Catecismo de la Iglesia Católica 1439)h