BAUTISMO DEL SEÑOR

«Y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como de una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo; el amado, el predilecto»

Lucas 3, 22

Sabemos que Juan el Bautista no solo se limitó a bautizar para preparar los corazones de la gente para la llegada del Mesías, sino que también predicó sobre aquel que todos estaban esperando y lo señaló después llegado el momento de su manifestación en el Jordán. Con su fama y tantos fans, Juan mantuvo su humildad y fue capaz hasta de expresar frases tan impactantes y que contrarrestan el afán de aparecer y de éxito a toda costa que vivimos hoy: «Es necesario que Él crezca y que yo mengüe»(Juan 3:30). Al respecto, me gusta mucho lo que escribió san Agustín:

Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por Mesías y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio (…) Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar.» 

S. Agustín, Sermones 293,3

Dios Padre, al igual que Juan, señala también a su Hijo con el Espíritu Santo que se manifiesta de forma corpórea como una paloma. Lo que pronuncia la voz del Señor me hizo entender que había algo que no encajaba: en unas traducciones pone Tu eres mi Hijo, el Amado, en quien me complazco mientras que en otras Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Estudiando un poco más, en versión trilingüe de José María Bover y José O’Callaghan, traducen según la primera forma antes escrita: En soí eudókisa y in te complacui mihi. Pero la versión Oficial de la Conferencia Episcopal tiene un pie de página en el que aclara que la segunda frase yo te he engendrado hoy al parecer es un añadido del códice D para hacer que coincida con el Salmo 2,7. En todo caso, más allá de todos estos tecnicismos, lo importante es esta confirmación de la identidad del Hijo, la presencia del Padre y la acción del Espíritu Santo. ¿Cómo pueden explicar esto aquellos que no creen que Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son un Único Dios, una única naturaleza pero tres Personas distintas? Siempre me ha fascinado este misterio de la Santísima Trinidad y lo que se puede alcanzar a comprender hace que me sienta pequeño ante tanta grandeza.

Esta fiesta centra la mirada también en otro hecho significativo del Señor: ¿por qué se mezcla en medio de la gente, se mete al agua y pide a Juan que lo bautice? ¡Pero si Él no tenía pecado! Jesús acude allí para cumplir toda justicia: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (Mateo 3:15) Y lo más sorprendente, es que el recibir la Gracia de Dios es lo más justo, pues sin ella no podemos nada, no tenemos nada que no hallamos recibido (Cf. 1 Corintios 4:7), y la puerta a esta Gracias y a todas las gracias (Sacramentos) es el Bautismo. El Señor acababa, con este gesto, de santificar el agua del Jordán, y en él, todas las aguas del planeta, de crear el más hermoso regalo que un ser humano puede recibir: el Bautismo.

UN TRIPLE TESTIMONIOb

«Pues tres son los que testifican: El Espíritu, el agua y la sangre, y los tres coinciden en uno.»

1 Juan 5:7
U

Desde época muy temprana la comunidad cristiana tuvo que enfrentar pensamientos y formas de entender la persona de Jesús que, o bien negaban su divinidad o, por el contrario, negaban su humanidad. Los gnósticos, por ejemplo, al parecer están como telón de fondo de este versículo, del testimonio de Dios Padre sobre su Hijo Jesucristo, hilo conductor de este capítulo. Y es que los gnósticos llegaron a decir que Jesús había sido adoptado como Hijo en el momento en el que fue bautizado (testimonio del agua) y que esta investidura divina le fue arrebatada en el momento de su muerte (el testimonio de la sangre)

San Juan se opone a esta doctrina herética aclarando que el agua y la sangre dan testimonio, pero también, el Espíritu, negar la conjunción de los tres, sería negar el testimonio mismo de Dios Padre sobre su Hijo: hacerlo mentiroso (v.10) En varias ocasiones se nos narra la teofanía: Dios, en sus tres personas, se manifiestan: en el Jordán, el Hijo mientras es bautizado, el Padre dejando oír su voz desde la nube y el Espíritu Santo manifestándose corporalmente, como una paloma. También está la teofanía en el Tabor: el Hijo hablando con los otros dos personajes bíblicos, de nuevo la voz del Padre y la Nube que los cubrió (presencia del Espíritu Santo).

En muchas ocasiones es complicado pensar en este triple testimonio y tienes que echar mano a la única visión con la que lo puedes ver: los ojos de la fe. Alcanzar tan solo a imaginar al Dios Uno y Trino, cuesta.

MENTIRAS SOLAPADAS

Nosotros amamos a Dios, porque Él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

1 Juan 4, 20

Dios es amor (1 Juan 4, 8.16), he aquí el resumen de toda la Escritura. He aquí el hilo interno que se desliza por cada una de las páginas de la historia de Israel, de la Iglesia, de cada uno de nosotros. Esta es la revelación más grande que hayamos recibido de Dios: su propia naturaleza. A respecto leemos en el Catecismo:

Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo; Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 221

De ahí que sea tan apremiante que el quien ame a Dios, ame también a su hermano (1 Juan 4, 21), de lo contrario, estaríamos asistiendo a una mentira solapada, porque aquel que le ha dado el ser a mi prójimo, lo ha hecho como Dios Amor, a su imagen y semejanza; la salvación sobre la Cruz en el Hijo Amado, ha sido también por mi hermano. Entonces, ¿quién soy yo para odiar, despreciar, discriminar, marginar… la obra del Amor de Dios.

Muchos cuando llegan con sus quejas contra otros se asombran cuando les digo que su familiar, su amigo, ese vecino odioso, etc., son capaces de Dios, que Él también les ama, claro que quiere que se conviertan, que sean mejores personas. Claro que ve el daño que pueden estar haciendo, pero les ama, ¿por qué? ¿Acaso porque Dios no se entera del daño que están haciendo? ¿Se muestra indiferente ante el daño que hacen o se hacen? NO, claro que no, lo que pasa es que no podemos exigir a Dios que actúe de otra forma que no sea conforme a su naturaleza que es amor.

I beg you pardon!

Recuerdo hace muchos años estaba en una sala de espera en un hospital de Alicante. Me senté justo debajo de una televisión que estaba encendida, con subtítulos, sin volumen. Las personas de las sillas de enfrente miraban con gran interés el telediario. Al parecer, unas declaraciones de un obispo que llamaba al perdón, a la reconciliación, a estar con las víctimas, pero también a tener esa capacidad de perdón. Un señora se puso en pie, y delante de todos dijo: Hay que ver, ahora estos se ponen del lado de los asesinos. Entonces respondí, de forma serena, clara y en buena voz como lo había hecho ella: Y qué quiere usted, señora, que prediquemos, ¿el odio? Dios es Amor, no podemos predicar más que lo que tiene que ver con el amor. Me quité la bufanda que llevaba puesta para que viera que era un sacerdote. Me miró, esbozo una tímida sonrisa, y se volvió a sentar.

Sabemos que Dios es Amor, es Misericordia, y por ello practicamos el perdón, porque no hay cosa peor que ser dejado en nuestro camino, para recorrer el mundo según nuestros antojos, tal como dice la Escritura (Salmo 81:2; Romanos 1: 28) Nadie hace daño a la obra de Dios, sin caer en una contradicción, y más cuando se trata de otro ser humano. ¡Ay de los que caen en esta dinámica de daño contra alguien y no se arrepienten! ¡Ay de los que creen que, porque han salido impunes de la justicia humana, podrán escapar el duro camino de andar solos por la vida, apartados del amor de Dios! Cuando el Señor nos invita a orar por nuestros enemigos, nos invita en realidad a despojarnos del odio, a no caer en la misma dinámica del mal y, sobre todo, a interceder para que quien hace daño deje de exponerse al mal irremediable que tendrá que sufrir tarde o temprano, dada su obstinación.

Pidámosle a Dios que nos ayude a cuidar ese don tan grande que está íntimamente unido a nuestro ser: El amor y la capacidad de amar con la que Él nos ha creado.

EN EL AMOR NO HAY TEMOR…DIOS ES AMOR

«No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor.»

1 Juan 4, 18

El Evangelio que hemos escuchado hoy nos narra la travesía de Jesús yendo hacia la barca donde estaban sus discípulos. Estos se llenaron de temor porque vieron que alguien se acercaba caminando sobre el agua. La voz de Jesús es muy clara: «¡Ánimo!, que soy yo; no tengáis miedo» (Mateo 14, 27) Les invita a la calma, a reconocerlo en medio de la noche, aún mecidos por el oleaje y aún teniendo el viento en contra. Él es el que camina sobre las aguas; Él es el que hace que el viento amaine. ¡Qué gran don el ser capaces de reconocer a Jesús en medio de nuestra vida!

El apóstol san Juan nos aclara que, el temor es expulsado por el amor perfecto, esto es, cuanto más vaya asemejándose nuestro amor al amor de Jesús, mucho más lejos estará de nosotros el temor, ya que éste es fruto de la duda, de la inseguridad, de la incertidumbre, de la oscuridad y del mar convulso. Mientras que la confianza, la esperanza, el fiarse y tener la vida cimentada sobre Cristo, pertenecen al amor.

Cuando amamos, todo lo que hacemos tiene una base sólida. La motivación en el obrar es desbordante, no agobiante y aporta felicidad a quien lleva a cabo lo que debe y resulta la acción ir más allá del deber para convertirse en una verdadera alegría, una suerte, la suerte de amar. ¿Cómo temer en tales circunstancias? No hay temor para el que ama, si ama imitando al Amor.

«Dadles vosotros de comer.»

Era ya una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Marcos 6, 34-44

Este texto hay que entenderlo en contraposición al banquete herodiano en el que se decide poner fin a la vida de Juan el Bautista. Muerte y vida se contraponen. El rey mundano y el Rey de reyes. La falta de misericordia y la injusticia con el del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Juan 10, 11-18) El corazón de Cristo es un corazón que sabe compadecerse, que toma la iniciativa: Él es el Pan de Vida (Juan 6, 35) que se parte y comparte.

En cuanto a nosotros, en muchas ocasiones podemos tomar una actitud de indiferencia, pero también una actitud de compromiso con los menos favorecidos. Así, el «darles vosotros de comer» se convierte en un imperativo que nos compromete a los unos con los otros; en una gran suerte llamada compartir, en un estilo de vida eucarístico.

Pidamos al Señor que nos ayude a tener su mirada, a anticiparnos a quien nos necesita, a dales nosotros de comer. Y, del mismo modo, que seamos capaces de acudir en busca de ayuda cuando lo necesitemos.

Lucem videt magnam (ha visto una luz grande)

«Arrepentíos, porque está cerca el Reino de los cielos»

Mateo 4, 17

Jesús se establece en Cafarnaún, un pueblo junto al mar, en el que, al parecer, convivían pacíficamente personas de varias nacionalidades. Dicen los comentaristas que solo la tercera parte de aquella población era judía. Me llama mucho la atención este hecho, pues el Señor no hizo nada que no fuera significativo. Allí, en Galilea,
Él empezó su ministerio. Allí en la Galilea de los gentiles, llamada así por la pluralidad de sus habitantes, las enseñanzas del Maestro comenzaron a brillar como una gran luz ¿No indica a caso este hecho que el nuevo pueblo de Dios fundado por Jesús, la Iglesia, estaría formado por una pluralidad de personas prestas a escuchar su voz?

Los expertos precisan más los datos diciéndonos que entre el 734-721 a.C. esta ciudad fue devastada e invadida por los asirios y que extranjeros fueron llevados allí para vivir como colonos. Lo cierto es que se nos pone Galilea y, en concreto, Cafarnaún como el lugar del cumplimiento de una profecía de Isaías:

«¡No habrá ya oscuridad para la tierra que está angustiada! En otro tiempo humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.» (Isaías 8:23-9:1)

En este contexto, el Señor comienza su ministerio diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos». Este convertíos en realidad se refiere a la penitencia, nos estaría invitando a hacer penitencia. En la traducción latina pone: «Paenitentiam agite: appropinquavit enim Regnum caelorum.» Y en griego se usa aquí el verbo Metanoite, que tiene un significado aún más rico, pues nos pone la penitencia como con cambio del corazón a la luz de la palabra de Dios; un cambio profundo de las acciones de forma que coincidan con el cambio de corazón (llamada a la coherencia). Así, designa un cambio integral de la persona ante la cual ha brillado que ha visto una luz esplendente. Como vemos, lo que concebimos hoy como «penitencia» puede que esté ya muy lejos de lo que originalmente ha designado en el ámbito espiritual.

Pidamos, pues, al Señor que nos dejemos iluminar de su luz y que andemos según las obras de un hijo o una hija de la luz. Que la penitencia

Cristo, Sol que nace de lo alto

«Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría». (Mateo 2:10)

Los magos se llenan de inmensa alegría al ver al niño, débil y necesitado, dependiente de sus padres. ¡Qué gran misterio el que contemplamos hoy! Dios, por y para quien todo fue hecho, se vuelve debilidad, dependencia, necesitado, pero con todo, sigue siendo en el portal de Belén el sol que brilla, que nace de lo alto; el sol de justicia que alumbra a todo hombre; La Luz que nos brilla en la tiniebla; la Luz del mundo.

La palabra Epifanía (epi – por encima de y fano- manifestarse, surgir) me gusta muchísimo porque está cargada de un significado que tiene que ver con la forma que alumbra el sol sobre las montañas, iluminándolo todo, después de haber llenado el horizonte con un anuncio que nos pone en guardia: la aurora, que nos dice que las tinieblas se disiparán en breve.

Que el Señor manifestado al mundo nos ilumine y que el mundo, manifestado en los magos, acoja su Luz. Felices Reyes.

VISITA DE UN REY

Esta tarde hemos tenido la visita de uno de sus majestades que han venido con sus pajes a Santa María del Mar. Le han dado un hermoso regalo a nuestros niños: Su presencia, claro, y también regalos. Antes, los voluntarios de Cáritas han preparado un chocolate riquísimo. Hemos cantado villancicos y, lo mejor, hemos contemplado la carita de ilusión de cada uno de los niños. Muchas gracias a todos los que os habéis implicado en esta grandiosa tarde que hemos vivido. Os dejo algunas fotos.

¿DÓNDE VIVES?

«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: «venid y lo veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día.»

Juan 1, 38-39

Siempre me ha llamado la atención dos detalles de este pasaje bíblico que nos propone hoy la Sagrada Liturgia: Cómo llaman los discípulos de Juan al Señor y la respuesta que Jesús da a la pregunta que le formulan.

En cuanto a lo primero, la palabra rabbî significa, en realidad «maestro mío» o también grande, señor. Normalmente era una palabra con la que la gente se dirigía de una manera respetuosa a los doctores de la Ley. Al traducir esta palabra, los LXX (los sabios que hicieron la traducción de la Escritura del hebreo/arameo al griego) también usaron la traducción griega de kyrie que nos suena mucho por el Kyrie eleison de la Eucaristía. En todo caso, estos muchachos reconocen ya de entrada en Jesús a alguien especial, al Maestro, de hecho, es el que se posiciona más allá de la Ley, uno más grande que Moisés.

Nosotros, rodeados de tantos maestros, hemos de reconocer en Jesús al Maestro. Sus enseñanzas siempre han contrastado con las enseñanzas del mundo, pero su Palabra no pasará nunca, diferente a tantas palabras que han surgido a lo largo de la historia, pero que, aún habiéndose encumbrado como verdad absoluta, se derrumban ante las verdades que niegan, normalmente, la verdad de Dios. Todo tipo de totalitarismo, de ideología, de poder, han caído de su soberbia altura y, en ocasiones, de modo bastante estrepitoso. El Maestro y sus enseñanzas no pasan nunca. Y en tu vida, ¿cuál es la fuente de alimento intelectual? ¿Estás asumiendo, sin más, las nuevas ideologías totalitaristas que nos rodean? ¿Es Cristo tu Maestro?

En cuanto a la pregunta de los discípulos: ¿Dónde vives? me llama la atención lo siguiente: no hay gesto más hermoso de cercanía, convivencia, amistad, fraternidad y confianza que enseñar el lugar donde vivimos. En el seno de nuestro hogar podemos compartir de tú a tú nuestra intimidad. Abrir las puertas de nuestra casa y más aún, el gesto de compartir la mesa, es algo relevante, que marca un antes y un después en la relación de las personas. Jesús los invita a compartir esta intimidad, a ir y ver dónde vive. Es, por tanto, necesaria esta intimidad para ser su discípulo. Es necesario aceptar su invitación a compartir su camino, como lo hicieron ellos. El encuentro con Jesús propicia un cambio de identidad (el Señor le cambia a Pedro su nombre) e implica un cambio de vida a la luz de la vivencia con Él y el compartir con Él la mesa (la mesa eucarística, por ejemplo)