LA VOLUNTAD DEL PADRE

«Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Juan 6, 40

La primera lectura de hoy nos habla de la dispersión de los discípulos y nos presenta la figura de Felipe (Hch 8,1b-8) Me llama la atención la presencia central y fundamento de las obras que hacían los discípulos en nombre del Señor: el testimonio de los signos es crucial para que se encendiera la fe en los discípulos.

En el Evangelio Jesús nos revela la voluntad del Padre: nuestra salvación, la posesión de la vida eterna: que todo el que ve al hijo y cree en el tenga vida eterna, por tanto, ¿dónde vemos a Jesús para poder creer en Él? La respuesta es clara: en cada cristiano, en los signos que hace de parte del Señor. Vemos al Señor en todos los ámbitos a los que ha querido ligar su presencia. En primer lugar, en la Eucaristía, allí su presencia es real y substancial, cuerpo, alma y divinidad, todo Él se hace pan y vino para ser nuestro alimento. En segundo lugar, en las obras de la Iglesia, formada por cada uno de los bautizados. Ojalá que sepamos dar el testimonio de vida debido, para que muchos puedan ver en nosotros al Señor y creer así en Él.

EL SEPULCRO VACÍO

Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20: 9

La Escritura a la que hace referencia este versículo específicamente es Isaías 52, 13-53, 12 en el que vemos al Siervo del Señor, sufriendo, pero en medio de una atmósfera de triunfo. Era una figura misteriosa para un judío de la época, por eso los discípulos tuvieron esa especie de revelación y entendieron estos escritos que siempre habían hablado de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestras transgresiones.

El sepulcro vacío, la ausencia del cuerpo del Señor y las vendas «desinflados» en el lugar donde había yacía el cuerpo antes sin vida de Jesús, el sudario doblado en un sitio aparte, todo ello, junto con las posteriores apariciones de Jesucristo, son argumentos a favor del hecho de la Resurrección. Santo Tomás escribió al respecto: «Cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan sficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (Lucas 24, 25-27), el anuncio de los ángeles (Lucas 24, 4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (Summa Theologiae 3, 55, 6 ad 1)

CONMIGO LO HICISTEIS

“Creo que vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. Estas palabras las repetimos cada domingo en la Eucaristía, a veces muy de pasada, sin detenernos mucho en lo que estamos diciendo. El juicio final al que apunta el texto de hoy es un dogma de fe definido, aunque ya dado por el mismo Señor en las palabras que hemos escuchado.

Nosotros creemos que, una vez partimos de este mundo, tenemos que comparecer ante un juicio particular (Romanos 2, 1-16): “Entonces se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n.678), pero también se habla de un juicio universal en el que todo será recapitulado en Cristo y sometido a la justicia divina.

Este es el dato escriturístico, pero hemos de saber que en la Iglesia está claramente definido desde el año 1215 por el Concilio de Letrán IV:

Jesucristo ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras – buenas o malas -, aquellos, con el diablo, castigo eterno; y estos, con Cristo, gloria sempiterna.

De fide catholica, cap. 1

Aunque la pedagogía del miedo ha pasado hace ya muchos años en la Iglesia, siendo sustituida por la pedagogía del amor, no hemos de olvidar estas doctrinas sobre el fin de todo cuanto existe y de nuestra propia vida, ya que sería como despojar a los más pobres de los pobres, a aquellos cuya omisión de tantos causa muchos sufrimientos. Si se les quita hasta su propia dignidad y además la perspectiva de una vida nueva y el que se les haga justicia, ¿con qué se podrán quedar entonces? Dios es justo y misericordioso. Es Padre y Juez. Es Amor y por lo mismo justicia.

PUREZA Y BUENA INTENCIÓN

Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.

Lucas 6: 43

En este Evangelio dominical el Señor habla de la necesidad de purificar los ojos de nuestra mente para poder ver a Dios y al hermano. Y, seguidamente, nos habla de la pureza de intención, de cómo se exterioriza aquello que hay en nuestro corazón.

En primer lugar, la ceguera espiritual o del corazón tiene que ver con la incapacidad de la mente para percibir la verdad de Dios y del hermano. Existen personas desafortunadas que, por diversas razones, tienen embotada su mente, creo que a todos nos pasa en grado mayor o menor, lo cierto es que cuando esto sucede, la persona por más que vea no ve realmente. El colmo vendría a presentarse cuando dicha persona pretende guiar a otros, sería algo así como un ciego guiando a otro ciego, según nos lo dice el Señor, de ahí su invitación a sanear primero nuestra visión para ayudar a los demás a hacerlo, esto es, quitar el impedimento para ver y así luego poder ayudar a los demás a que se quiten el suyo. Es hermoso ver a las personas que alguna vez estuvieron, por ejemplo, en adicciones, ayudar a sus semejantes, nadie mejor que ellos para ponerse en su lugar y guiarles con un corazón comprensivo y misericordioso.

En segundo lugar, está la pureza de intenciones. El árbol bueno que da frutos buenos, es el corazón limpio de cuyo fondo no puede salir más que buena intención en el obrar y obras buenas. Y a la inversa, cuando la mente de la persona está embotada, ciega, de su interior solo podemos esperar errores a la hora de tomar decisiones, malas intenciones como motivadoras del obrar y en ocasiones, todo ello con plena conciencia de estar obrando mal. ¡Qué importante es la intención buena a la hora de obrar el bien!

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EL TESORO DE SANTA INÉS

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.» (Mateo 13:44-46)

 

Hoy celebramos a Santa Inés, virgen y mártir. Vivió desde el 291 al 304. En su tierno corazón hizo el propósito, como la Virgen María, de guardar su ser en virginidad para Cristo, en quien halló su más grande tesoro. Muchos chavales la pretendieron, pero todos recibían la misma respuesta: su corazón ya tenía dueño. Uno de estos chicos resultó ser el hijo de un importante personaje Romano que, al verse rechazado, denunció ante su padre a la pequeña Inés. Fue condenada a vivir, según tradición memorable, en un prostíbulo, y, pese a tal situación, su virginidad fue preservada a través de signos admirables. La tradición cuenta que, un hombre que quiso verla desnuda, quedó ciego e Inés rezó por él. Los ojos de aquel hombre sanaron.

Más allá de la anécdota, está la enseñanza de saber dónde tenemos anclado el corazón, dónde están puestas nuestras esperanzas y cuáles son nuestras prioridades. ¿Es el Señor el primero en mi vida?

La virginidad es un asunto hoy en día tabú, mal visto, propio de gente insana y retrógrada… pero mira, querido lector, conozco el caso de un padre con un hijo de la edad de Santa Inés: 13 años. Dice que entró a la habitación de su hijo y, sin querer, vio que alguien le escribía. Lo tomó y lo abrió: una chica de la misma edad preguntaba a su hijo si este era virgen. Y este padre vio como su hijo le respondió: «¡Yo sí. Es que acaso tú no!» ¡Cuán grande la alegría de este padre curioso! Que santa Inés interceda por nosotros.

 

Injuria sería para mi Esposo que yo pretendiera agradar a otro. Me entregaré solo a aquél que primero me eligió. ¿Qué esperas, verdugo? Perezca este cuerpo que puede ser amado por ojos que detesto.

Últimas palabras de Santa Inés
 
 
 

«Dadles vosotros de comer.»

Era ya una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer.» Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Marcos 6, 34-44

Este texto hay que entenderlo en contraposición al banquete herodiano en el que se decide poner fin a la vida de Juan el Bautista. Muerte y vida se contraponen. El rey mundano y el Rey de reyes. La falta de misericordia y la injusticia con el del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Juan 10, 11-18) El corazón de Cristo es un corazón que sabe compadecerse, que toma la iniciativa: Él es el Pan de Vida (Juan 6, 35) que se parte y comparte.

En cuanto a nosotros, en muchas ocasiones podemos tomar una actitud de indiferencia, pero también una actitud de compromiso con los menos favorecidos. Así, el «darles vosotros de comer» se convierte en un imperativo que nos compromete a los unos con los otros; en una gran suerte llamada compartir, en un estilo de vida eucarístico.

Pidamos al Señor que nos ayude a tener su mirada, a anticiparnos a quien nos necesita, a dales nosotros de comer. Y, del mismo modo, que seamos capaces de acudir en busca de ayuda cuando lo necesitemos.