PAN DE VIDA

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.» Juan 6, 30-35

En este fragmento del Evangelio Jesús habla claramente: él es el pan de vida. La Escritura dice que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra hecha carne y queda claro así que quien lo come vivirá comer de este pan significa ir a Él, de ese modo, El hambre del hombre será totalmente saciada.

Él es la fuente viva y ríos de agua viva fluyen para el creyente. La sed queda calmada totalmente al creer en Él, así, la fe, el creer, calma nuestra sed.

Se muestra una relación intrínseca entre ir a Jesús y creer en Jesús; entre creerle a Él y creer en Él.

En la Eucaristía encontramos estas dos líneas, pues creemos a Jesús cuando escuchamos y atesoramos su palabra proclamada y vamos a Jesús cuando nos acercamos a comulgar. Señor, auméntanos la fe.

ALIMENTO QUE PERDURA

«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»

Juan 6,22-29

Lo más triste es que lleguemos a ser cosificados, que la gente nos busque solo por el interés de obtener algo; ser tenido en cuenta solo por lo que puedan sacar de nosotros. El utilitarismo está a la orden del día, es una triste realidad que afecta más el corazón humano cuánto más pierde de vista la condición intrínsecamente digna y de un valor sobrenatural de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.

Cristo sufrió este sentimiento: también él se siente buscado solo porque calmó una necesidad básica: sació a los que tenían hambre porque tuvo compasión de ellos.

Los signos no dicen nada, solo un problema resuelto, eso es lo que importa, que Dios resuelva nuestros problemas.

Si bien es cierto que pedir a Dios lo básico para vivir dignamente es un deber de humildad, lo es también el hecho de que solo pedir o buscar a Dios solo cuando tengo necesidad, es un acto bastante bajo, indigno de hijos amados.

Dios es Padre Providente, busquémosle también y sobre todo cuando las cosas van bien. Que nuestra acción de gracias sea una constante y solo así no actuaremos de forma utilitarista con Dios.

YO SOY EL CAMINO

Jesús le responde: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí

Juan 14, 6

Tomás le lanza una pregunta a Jesús: ¿Cómo podemos saber el camino? y el Señor le responde mucho más allá de lo que le está preguntando: Él es el camino. Esto significa que, lo oculto de Dios, lo prometido por Dios, la vida divina tienen acceso en Jesucristo, que, al hacerse hombre, abre el camino al hombre para que vaya a Dios y de manera gloriosa, su costado abierto en la Cruz derramando los sacramentos y la vía de la Iglesia, inaugura un nuevo camino perenne en la historia, el camino de su Cuerpo que es la Iglesia.

Él es la verdad, porque, como nos dice el texto de hoy, quien lo ha visto a Él ha visto al Padre, ya que está en el Padre y el Padre en Él. Todas las antiguas promesas han tenido cumplimiento en el Hijo mostrando de ese modo la veracidad de Dios, su fidelidad y verdad para su pueblo. Es verdad también en el sentido estricto de lo anunciado y enseñado por Jesús: en Él hemos aprendido y tenemos el modelo de lo que es ser verdaderamente hombres y mujeres nuevos y, gracias a sus enseñanzas, hemos crecido a lo largo de la historia como aquellos que poco a poco construyen en cada época, el pueblo de Dios.

Finalmente, es vida, porque en Él hayamos la fuente de la vida, Él es el que anima este cuerpo eclesial que todos formamos mediante la efusión del Espíritu Santo que nos acompaña. Cada miembro de este Cuerpo experimenta en sí mismo el aliento de Dios que le permite avanzar a través del propio desierto y los mares revueltos de cada cotidianidad y circunstancia. Él es la vida en el sentido amplio de la palabra, ya que Jesús es sinónimo de vida eterna, de gozo perpetuo, Él es nuestra esperanza de seguir viviendo aún después de la vida, porque hemos resucitado con Él.

TODO LO HA PUESTO EN SU MANO

El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano.

Juan 3, 34-35

El texto de hoy inicia con una contraposición entre el que es de la tierra y el que viene del cielo. Claramente alude a San Juan el Bautista de quien viene hablando y Cristo mismo. San Juan no puede dar más testimonio que lo que ha oído y visto en la tierra, mientras que el que viene de lo alto está por encima de todos y de lo que ha visto y ha oído da testimonio (v.31, 32) Con esto claramente apunta a su ser preexistente a toda la creación, a su condición de Dios.

Desafortunadamente, este testimonio no es aceptado por todos, aunque quien lo hace, da testimonio de la veracidad de Dios. Jesús como testigo de la verdad de Dios posee la plenitud del Espíritu, por ello lo da sin medida, ya que todo es suyo y el Padre lo ha puesto todo en sus manos.

Finalmente, el versículo 36 nos habla de las consecuencias tanto de creer como de no creer: la vida eterna y la ira de Dios. Con lo anterior queda claro que la vida eterna consiste en Cristo: Él es la vida eterna, el nos manifiesta lo eterno y nos revela la eternidad junto a Dios, nos muestra a Dios mismo. Creer en Él es gozar y vivir ya la vida eterna. Ahora bien, la ira de Dios, concepto judío con el que interpretaban el castigo de Dios para los rebeldes, queda cancelada, ya no por el cumplimiento de la Ley, sino por el creer en Cristo, hemos sido cubiertos por su Sangre y el peso de la ira que nos tocaba, lo cargó Él sobre su espalda: Él nos ha librado de la ira. Y queda claro, pues, que quien no acepta este sacrificio, la ira de Dios pesa sobre él.

Pero, más allá de la vida eterna, del cielo, del premio o del castigo, de la ira, etc., está una persona maravillosa que, cuando la conoces, estableces una relación de verdadera amistad, junto a la cual da gusto estar, tan amada, que estás dispuesto a todo por ella. Esa persona es Jesús, vida eterna, Hijo de Dios, salvación, Señor, juez… pero, ante todo y sobre todo, amigo.

TANTO NOS HA AMADO

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Juan 3, 16

Este versículo podría considerarse el resumen de todo el misterio de la salvación. Nos enseña cuan grande es el amor de Dios para nosotros y cómo tal grandeza es mostrada en el don de su propio Hijo con un objetivo concreto: la salvación y que tengamos vida eterna. No hay mayor don de amor que este.

La entrega del Hijo viene a iluminar la vida de cada hombre, pues Él es la luz (Jn 1, 4) y ante este don, como ante cualquier don que se nos ofrece, caben dos posibilidades: aceptar o rechazar el don, y hacerlo de una u otra manera, depende de la actitud moral con la que la persona se acerca y de la mirada de fe que se haya encendido o no en su interior, es lo que san Juan llama obrar la verdad.

Cuando en el verso veinte dice: todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras, se refiere, precisamente, a la molestia que se percibe cuando la conciencia acusa por hallarse contrapuesta a la luz, ya que esta reclama de suyo una adecuación a lo luminoso, la luz llama a la conversión. Esto es diferente de obrar la verdad: aquí no se huye, aquí se afronta la verdad de nuestros actos y todos los fantasmas interiores que la luz pueda haber hecho salir. Así, el hombre toma la senda difícil, pero liberadora del cambio y se convierte en hijo de la luz (1 Tes 5, 5) Pidamos al Señor que seamos siempre hijos de la luz e hijos del día.

NUEVO NACIMIENTO

No te extrañes que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Juan 3, 7-8

En este interesante diálogo con Nicodemo, el Señor nos revela datos muy interesantes y esclarecedores sobre nuestra propia condición de bautizados. Habla, primeramente, de los dos nacimientos, el espiritual y el carnal; el del agua y el Espíritu y aquel que se da por la participación del hombre; el nacimiento de lo alto y el nacimiento desde lo terreno. Con estas antítesis se perfila ya en qué consiste ese nuevo nacimiento que se da en todos nosotros cuando somos bautizados y nacidos de esta manera a la vida del espíritu y a la nueva condición de hijos de Dios y de la Iglesia.

Nacer al Espíritu, al viento que sopla donde quiere, es nacer a la verdadera libertad, pues Cristo en la Cruz nos ha liberado de la mordedura del pecado (Nm 21, 8-9; Jn 3, 14-15) ya que, para la libertad nos ha liberado Cristo (Gál 5, 1) Y, con Nicodemo preguntamos ¿cómo puede suceder esto? El Señor lo explica claramente: estos asuntos solo se ven con los ojos de la fe y desde lo que se ha experimentado, pues hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto (v.11) De ahí que existan personas a quienes los asuntos espirituales les parezcan cuentos de hadas, pensamientos bonitos de hombres y mujeres ilusos, de ahí que el Señor expresara: Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? (v.12)

Demos, pues, gracias a Dios por el don de la fe y por la posibilidad de creer y pidámosle que seamos esos hijos renacidos en los que nos ha convertido el santo Bautismo que una vez recibimos.

MI YUGO ES LLEVADERO

Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Mateo 11, 29

La acción de gracias de Jesús deja ver el fondo de su corazón, los sentimientos más profundos que se puedan expresar. El Señor se centra en lo positivo: son muchas las personas humildes y sencillas que creyeron en Él y son ellas la base de la Iglesia, esta no se funda sobre la soberbia y la altivez de los sabios y entendidos, sobre el engreimiento de los llenos de sí mismos, sino sobre la sencillez y la humildad. Lo negativo, los que no creyeron en Él, aquellos que lo rechazaron, no cuenta para Jesús: su acción de gracias se dirige al Padre por aquellos que creyeron a sus palabras.

Después el Señor manifiesta el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo y cómo el conocimiento por parte de los sencillos es obra del querer del Hijo al cumplir la voluntad del Padre: Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (v.26) La revelación del Hijo es conocer al Padre y quien conoce al Padre, conoce también al Hijo.

Pero no se trata tan solo de un conocimiento intelectual, sino de un encuentro, por eso, en tercer lugar, invita a que vayamos a Él, especialmente cuando estemos pasándolo mal, cansados y agobiados. La consecuencia de este encuentro es el descanso para nuestras almas, ya que la ley de Cristo libera, otros yugos que nos pone el mundo, esclavizan: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (v.30). Reconocemos entonces que más que un encuentro intelectual, se trata de un encuentro real con el Emmanuel que nos conoce y con el Dios vivo que nos libera.

¡ES EL SEÑOR!

Jesús se acerca toma el pan y se lo da, y lo mismo del pescado…

Juan 21, 1-14

Juan reconoció al Señor a lo lejos: ¡Es el Señor! El adolescente del grupo, aquel con amor tan puro por su Señor, es el primero en reconocerlo. Así es el amor, capaz de saber dónde está Cristo, capaz de sentirlo donde a lo mejor muchos ojos son incapaces de reconocerlo.

Pedro al darse cuenta de la buena noticia, cree al muchacho y no está dispuesto a esperar: sin que la barca llegue a la orilla, se tira al mar y va hacia donde está el fuego encendido. Así es Pedro, en medio del mar, es decir, el mundo, lleva el primado.

Otros signos importantes son el mar, la barca y los peces. El mar simboliza el mundo y la barca la Iglesia. Los peces son las personas que pertenecemos a esa pesca encomendada por Cristo a los Apóstoles y con ellos, las redes simbolizan la unidad como pueblo, como asamblea de Dios. Como veis, es un pasaje lleno de símbolos ricos en significado.

Cristo reafirma una vez más su condición de resucitado, volviendo a hacer hincapié en que no es un espíritu, es él mismo, alguien que come y bebe con los suyos, que parte y comparte el pan, en este caso, el pez que él mismo estaba asando sobre aquellas brasas.

AL PARTIR EL PAN…

¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Lucas 24, 13-35

El tema central de este episodio es el encuentro con Jesús y el reconocimiento que de Él tiene quien lo ama. Los dos discípulos del relato regresaban a Emaus con varios sentimientos a flor de piel: la decepción, la tristeza y la desesperanza. En el camino se encuentran con Jesús Resucitado que se pone a caminar a su lado, aunque sus ojos todavía no eran capaces de reconocerlo. Ellos comienzan a relatar lo acaecido en Jerusalén por aquellos días, ante el asombroso desconocimiento de los hechos por parte del forastero, Jesús marcha a su lado, los escucha.  Ante esta explicación humana de lo que pasó, el Señor comienza a explicar las Escrituras y todo lo que de Él se decía en ellas, de cómo el Mesías debía de padecer y ser entregado en manos de los hombres.

Cuando están sentados a la mesa, sus ojos se abrieron justo en el momento de la fracción del pan, bello nombre de nuestro sacramento más sublime, la Eucaristía. Fijaros que, primero, abre su entendimiento con la Escritura (¡Cuán importante es para nosotros!) y después ellos son capaces de reconocerlo en el pan que se parte y se comparte.

También la Iglesia sigue el camino de Emaús cuando todos los días dejamos que Él nos hable y nos explique las Escrituras y, después, participamos de la mesa del Pan y el Vino, reconociéndolo así en medio de nosotros. ¡Qué gran milagro de amor!

PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO


«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»»

Juan 20, 11-18

La ascensión es el otro paso que dará el Señor: subir al Padre de donde había venido. Jesús aprovecha para clarificar una vez más que el Padre es su Padre y también lo es de nosotros.Fijaos que no dice “subo a nuestro Padre”, sino que dice: “al Padre, al Dios mío” y “al Padre, al Dios vuestro”.

El primer énfasis lo hace clarificándonos que la suya es una filiación diferente, Él es “Dios de Dios y Luz de Luz”, es el Hijo “engendrado y no creado, consubstancial al Padre”.

El segundo énfasis nos indica que somos hechos, en el Hijo, hijos de adopción. Aunque si vamos más allá de lo obvio, a saber, la filiación con el Padre, encontraremos que Cristo ya no nos llama siervos o amigos, nos llama hermanos y como tales, somos coherederos con él.

La fraternidad Cristiana tiene que ver primeramente con esta identificación profunda con el Señor: sólo entendiendo y viviendo esta fraternidad podrá hallar un fundamento sólido la fraternidad humana, cada uno está llamado a ser hermano del Hermano para luego ser hermano de los hermanos.