Médico para los enfermos

No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero no sacrificios

Mateo 9, 9-13

Según la Biblia de la CEE, los “publicanos” eran empleados de concesionarios privados para el cobro de impuestos, que reglamentaban los romanos, por el paso de mercancías de una circunscripción a otra. Tenían mala fama, tanto por su colaboración abierta con los romano como por su trato inevitable con productos y personas impuras; además, solían abusar en los cobros. Leyendo lo anterior, podemos llegar a preguntarnos ¿cómo es que el Señor llama a una persona así para que se convierta en uno de sus íntimos amigos? Ciertamente, quería dar, no solo una oportunidad a Mateo, sino también una lección: No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos.

Recuerdo que hace tiempo una pareja de esposos me recriminó el hecho de haber acudido varias veces al pueblo donde vivían y haber estado en casa de “esa otra pareja que ni casados estaban”. Recuerdo que les respondí que, precisamente estaba tratando de volverme su amigo, a ver si a mí me hacían caso más adelante y se daban cuenta de lo importante del matrimonio. Por su puesto, seguí yendo a casa de aquellos “pecadores” y comiendo a su mesa. Y es que es increíble cómo aún hoy funcionan las cosas de esta manera. Entiendo mi ministerio desde este estar con los más necesitados espiritualmente hablando, aunque sean los más mal vistos socialmente: ellos son los que necesitan médico, al Médico.

Perdón de los pecados, acto divino

La gente alababa a Dios que da a los hombres tal potestad.

Mateo 9, 1-8.

Al perdonar los pecados, Jesús está mostrando su divinidad a los escribas. Si nadie, salvo Dios, puede en la tierra perdonar los pecados, Jesús lo hace y con ello muestra quién es: aquel que tiene potestad no solo de erradicar la enfermedad sino el causante último de la misma: el pecado. “Como hombre se compadece de nosotros, y como Dios se apiada de nosotros y perdona nuestras ofensas” (S. Ireneo, Adversus haereses, 5, 17, 3)

La gente queda admirada de que Dios haya concedido tal autoridad en la tierra, autoridad que Cristo quiso perpetuar al instituir el sacramento del perdón dado por manos de hombres, pero el perdón como un don de Dios, muestra de su misericordia (Juan 20, 22-23). Al respecto dice san Ambrosio: Los hombres, al perdonar los pecados, muestran su ministerio, pero no ejercen el derecho de un poder; e incluso no perdonan en el propio nombre, sino en el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos ruegan y la divinidad dona; pues el servicio pertenece a los hombres, pero la generosidad pertenece al poder de Dios. (De Spiritu Sancto 3, 18, 137)

MÁS ALLÁ DE LA LEY

Habéis oído que y se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Pues yo os digo: no hagáis frente al que os agravia.

Mateo 5, 38-42

Ante una Ley que permitía cobrarse agravio por agravio, devolver mal por mal, el Señor enseña a sus discípulos a optar por la vía del amor, en coherencia con las bienaventuranzas y con lo manifestado en la propia vida del Maestro. Cuando Jesús habla de dar plenitud a la Ley (Mt 5, 17) se refiere precisamente a este trascender los mandatos antiguos que, sirvieron y dieron respuesta a momentos concretos de la vida del pueblo, y no solo la Ley sino toda la estructura que se montó en torno a esta, un proceso llevado a cabo sin arrasar sino más bien, tomando los bueno para potenciarlo, para elevarlo.

Jesús nos invita de esta manera a no hacer frente al que nos agravia. ¿Qué hacer entonces? Optar por la mansedumbre sin ponerse nunca al nivel del mal. Claro que hay ocasiones en las que hemos de defendernos, pero con los medios legítimos, nunca devolviendo mal por mal ni insulto por insulto (1 Pe 3, 9). Esta forma nueva de pensar pasa por tener una vida desprendida de todo lo material, es bien sabido que si no dejar mi túnica pone en peligro mi integridad física, por ejemplo, estaría actuando de forma inmoral, pues el bien más preciado que tenemos es nuestra propia vida. Finalmente, está el sacrificio, una palabra que no gusta hoy en día, pero que nos lleva a caminar dos millas cuando nos requieren una, en la vida cotidiana esto también se traduce en formas concretas de amar y de ir más allá de lo establecido. Pidamos al Señor que nos ayude a entender su palabra y a vivirla como él quiere.

DANDO PLENITUD

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Mateo 5, 17-19

La Biblia está compuesta, como sabemos, por el Antiguo Testamento, donde se nos presenta, principalmente, la historia del pueblo de Israel, e igualmente está lleno de géneros literarios diversos que nos enseñan la sabiduría del pueblo elegido, la profecía, la apocalíptica y la poesía. El tema central es la obra de Dios en la historia del pueblo y la promesa de un salvador definitivo; la posesión de la tierra que mana leche y miel.

Luego tenemos el Nuevo Testamento, donde se nos narra por medio de cuatro testimonios distintos la vida y obra del Mesías esperado, de Jesús de Nazaret y el desarrollo histórico que tuvieron las primeras comunidades cristianas. Como vemos, el Nuevo Testamento se inserta en el Antiguo, es de alguna manera, continuidad de este, da un contexto en el que se desarrolla y se derrama el vino nuevo traído por Jesús.

El Antiguo Testamento se entiende verdadera y esencialmente solo desde la figura de Jesús, es por ello que Él constituye la plenitud del mensaje contenido en la primera parte de la Biblia, sin Jesús de trasfondo, el Antiguo Testamento sencillamente, no se entiende. Por eso dijo que no había venido a abolir la Ley sino a darle plenitud: Él ha venido a iluminar lo que estaba escrito en los antiguos libros y ha venido a desvelar su contenido de una manera plena.

DIOS NOS ALIENTA

El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás

2 Corintios 1, 1-7

San Pablo da gracias a Dios a quien llama Padre de misericordia y Dios del consuelo. Y es que la misericordia de Dios se derrama sobre nosotros a través del consuelo que recibimos en nuestra vida, así, podemos afirmar, que el consuelo cristiano es una obra de misericordia porque viene del Dios misericordia y Él es la fuente por la que podemos nosotros ser misericordiosos practicando el consuelo cristiano.

¿En qué consiste tal consuelo? Lo más relevante en el texto es el aliento en nuestras luchas. Es una disposición mediante la cual se infunde ánimos en el que afronta cualquier lucha, pero no como quien da algo suyo, sino como quien comparte algo que a su vez ha recibido: si somos capaces de alentar a otros es porque nosotros mismos hemos recibido el aliento de Dios, dice el apóstol.


Otra forma que aparece implícita es la de la escucha: cuando escuchamos al otro ya estamos alentándole y, si pasamos de la escucha al consejo, plenamente estamos alentando, pues quien nos pide consejo nos pide que compartamos de lo que somos, aquello que hemos recibido, así nos volvemos en palabras de San Pablo, compañeros en el sufrir y también en el buen ánimo.

YO HE VENCIDO AL MUNDO

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo.

Juan 16, 33

Jesús no engaña a los suyos: les anticipa que lo pasarán mal a través de persecuciones y luchas. Aparentemente, los enemigos de Jesús triunfaron al verlo en la cruz, del mismo modo, los enemigos de la Iglesia que se tuvo que dispersar a causa de las persecuciones que se desataron contra los discípulos de Jesús, parece que hubieran triunfado, pero todo solo en apariencia.

Hay que entender el misterio de la cruz para darse cuenta que tras esta, vino la resurrección y la glorificación del Señor, que la cruz fue el camino hacia la gloria. Es necesario saber ver la obra redentora en el madero, para darse cuenta que el mundo y el pecado fueron vencidos en él, esa no fue una muerte, fue un sacrificio, el último y definitivo sacrificio del Cordero sin mancha que quita el pecado del mundo.

También hay que entender el misterio de la Iglesia que empieza a ser perseguida, como lo fueron los santos mártires Carlos Luanga y compañeros y como lo sigue siendo ahora en muchas realidades en las que nos toca vivir. La persecución resultó en bendición: el Evangelio se extendió rápidamente gracias a esto, y es que allí donde hay persecución por causa de Cristo, hay refuerzo de la fe y surgimiento de más corazones enamorados de Él, de ahí el dicho: «Sangre de mártires, semillas de cristianos».

Pero, sin irnos hasta el derramamiento de sangre, hay otras pequeñas persecuciones y dificultades en nuestro caminar. Ante ellas, el Señor nos dice que hallemos en Él la paz, que no nos preocupemos, que Él ha vencido al mundo, nos pide, ante todo, que tengamos valor, ¡cómo no tenerlo cuando Él va con nosotros!

LA VISITACIÓN

«Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

LUCAS 1, 45

María es modelo de creyente. Porque creyó en su corazón concibió en su vientre y gracias a su concepción, las promesas de Dios se cumplieron, no solo en ella, sino también para todo el género humano, especialmente la promesa del Redentor, así, el Esperado nació de un corazón creyente.


Pero la fe de María no se encerró en ella como algo que tuviera que ser vivido solo en la intimidad del corazón. Lo propio de la fe es abrirse, expandirse, salir. Ella fue al encuentro de una anciana necesitada y en este encuentro se obra el milagro de la unción del precursor.


Es también propio de la fe dar testimonio de la obra de Dios en cada uno de nosotros. Ella en respuesta al saludo de Isabel entona el canto del Magnificat, como popularmente lo conocemos, todo un gesto de alabanza a Dios. Aprendamos, pues, de María, creyente fiel, modelo de entrega y respuesta a Dios.

VUESTRA TRISTEZA SE CONVERTIRÁ EN ALEGRÍA

En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

Juan 16, 20

El Señor continúa en este capítulo con el tema de la despedida de los suyos: en breve desaparecerá de su vista tan solo en apariencia, será enterrado, en apariencia, todo habrá acabado. Luego les promete que volverán a verlo, anunciando de esta manera que habría de resucitar de entre los muertos, en ambos casos, el morir y el resucitar, se darán en un breve lapso de tiempo: Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver (Jn 16, 16)

La muerte del Señor en la Cruz fue motivo de tristeza y desconcierto por parte de sus discípulos, así que Jesús les anuncia el llanto, pero también el júbilo, la alegría que traería la resurrección: el luto se transformó en alegría; la alegría del mundo (aquellos que no lo recibieron ni creyeron en su nombre) se transformó en tristeza.

Esta misma dinámica la evidenciamos hoy en medio del hombre o la mujer que comienzan a vivir de acuerdo al Evangelio, los cristianos, necesitados de conversión constante, tampoco escapamos a este proceso: cuando lo mundano en nosotros, aquello que niega a Cristo, comienza a morir, comienza a transformarse en alegría, en motivo de gozo. Pero esta transición, lejos de hacerse en calma, es en ocasiones bastante violenta y bastante dolorosa, como cuando el pecado y el mundo en Cristo morían, para dar paso a la Resurrección. No podemos engañarnos ni engañar a nadie: lo primero que nos dan cuando somos bautizados es una cruz en la frente… ¡gloriosa cruz!

IGUALDAD DE PERSONAS

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.

Juan 16, 12-15

Una de las funciones del Espíritu Santo es la de guiarnos hasta la verdad plena. Hoy en día evidenciamos en la Iglesia esta verdad cuando oímos la voz de nuestros pastores que nos iluminan sobre temas que son a veces tan controvertidos y en las que los creyentes podemos llegar a sentirnos como nadando contracorriente y a veces hasta perdidos. Lo más bonito de todo esto, es que se hace apelando a la razón de cada uno de nosotros, sin imposiciones más que las que la verdad misma evidencia, de tal forma que, el oír la voz de la Iglesia sea siempre oír la voz de Dios mismo, y es esta dinámica la que diferencia a la Iglesia de una secta o de un adoctrinamiento pernicioso. Así, cuando ha habido voces que se alzan de parte de Dios viniendo estas solo del sentir humano, del mundo, la Iglesia siempre ha sabido reaccionar, porque no cabe otro mensajero que el Espíritu Santo que habla a través de los legítimos pastores.

Y, en cuanto al mensaje, podemos estar seguros de que el Espíritu habla lo que Dios quiere, de lo que le ha dado al Hijo, he ahí la evidencia de que las tres personas poseen el mismo querer y el mismo designio para nuestra salvación y para que vivamos nuestra vida dando el fruto que Dios quiere.

PAN DE VIDA

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.» Juan 6, 30-35

En este fragmento del Evangelio Jesús habla claramente: él es el pan de vida. La Escritura dice que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra hecha carne y queda claro así que quien lo come vivirá comer de este pan significa ir a Él, de ese modo, El hambre del hombre será totalmente saciada.

Él es la fuente viva y ríos de agua viva fluyen para el creyente. La sed queda calmada totalmente al creer en Él, así, la fe, el creer, calma nuestra sed.

Se muestra una relación intrínseca entre ir a Jesús y creer en Jesús; entre creerle a Él y creer en Él.

En la Eucaristía encontramos estas dos líneas, pues creemos a Jesús cuando escuchamos y atesoramos su palabra proclamada y vamos a Jesús cuando nos acercamos a comulgar. Señor, auméntanos la fe.