Rogad al dueño de la mies…

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos

Lucas 10, 1-12. 17-20

Las lecturas de hoy nos hablan de la universalidad de la misión. La salvación ha sido ofrecida para todo aquel que quiera acogerla. Pero esta acogida depende primero del anuncio comprometido que tantos hombres y mujeres llevan a cabo por todo el planeta, en circunstancias a veces bastante duras. Son misioneros y misioneras que sacrifican su propia existencia para que Cristo empiece a ser una realidad en tantas vidas. En todas las épocas de la historia ha habido sembradores de la palabra de Dios, hombres y mujeres entregados, desde los padres que inculcan con celo y mimo los valores del evangelio a sus hijos hasta los grandes pensadores y teólogos que se han centrado en el estudio minucioso de la Palabra de Dios para que podamos entenderla y vivirla mejor.

De ahí la necesidad urgente de rogar al Padre que nos envíe más obreros a la mies, principalmente al campo de las vocaciones consagradas, hoy por hoy tan herido por el secularismo y por la mentalidad materialista imperante en nuestro contexto social. También hemos de pedirle a Dios para que la familia sea el centro de evangelización principal donde se fragüen las vocaciones que el mundo necesita, abundantes y santas: matrimonios donde se valore la vida y la recíproca entrega en el amor, vocaciones a la vida consagrada donde se sienta que los valores del Reino de Dios son un campo esencial donde poner a arder la propia existencia, vocaciones, en definitiva, a la santidad de vida.  Pidamos, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 

¿Qué significado tiene la Solemnidad que hoy celebramos? Significa, principalmente, dos cosas: la primera tiene que ver con la consumación de la salvación de Cristo y la segunda, con la glorificación o elevación de nuestra naturaleza humana.

El camino hacia la Cruz empieza en Galilea y es en Jerusalén donde termina, de ahí que los discípulos fueran instruidos para quedarse en esta ciudad. Ya el Señor había asumido todos los pecados y consigo los había llevado hasta la Cruz. Habiendo sido revestido desde su concepción de toda forma humana, menos el pecado, ahora redimía al hombre haciéndose por él pecado, para que todo fuera reconciliado con su muerte con Dios Padre. Todo lo antiguo fue sepultado con Él y por Él el hombre nuevo resucitó. En la Ascensión vemos cómo este gran misterio de salvación es consumado al ser exaltado lo que había sido asumido, al ser glorificado cuanto había sido salvado, esto es, todo lo humano.

Entramos, en segundo lugar, a meditar sobre este otro gran misterio: la naturaleza humana es elevada. Se entiende fácilmente si nos fijamos en el misterio de la Encarnación: el Verbo de Dios se hizo carne, tomó carne humana, una naturaleza que posteriormente salva, resucita y, en la Ascensión, glorifica. No es difícil entender que en Cristo todo lo humano está sentado a la derecha del Padre, que Él es anticipo de lo que habremos de vivir como Iglesia y como miembros de esta. Que el Espíritu Santo nos ilumine para que vivamos de acuerdo a estos grandes misterios.


ME VOY A PESCAR

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Juan 21, 3

En este episodio, vemos a unos discípulos regresar a sus antiguos quehaceres, como si no hubieran entendido la empresa a la que estaban destinados: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19) Esta llamada hecha a los hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, es también una llamada para todos y cada uno de nosotros como Iglesia de Dios. Es una llamada que abarca toda la vida de la persona y que hace que lo dejemos todo para ir en pos de Aquel que ha seducido nuestro corazón: Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir (Jr 20, 7)

Me gusta ver este episodio como un refuerzo de aquella primera llamada. Sin Cristo, la pesca no tiene ningún resultado. Por Cristo, con Él y en Él, las redes están repletas: la faena puede ser la misma, pero el resultado es muy diferente. Su pesca era de otra índole: aquellos hombres rudos llegaron a ser el fundamento de la Iglesia y son hoy un punto de referencia sin el cual no nos entenderíamos a nosotros mismos. ¡Qué paciencia la del Señor hasta que por fin logran entender su misión!

Y nosotros, ¿qué redes tenemos que soltar en nuestra vida, para emprender en verdad la misión a la que Dios nos ha llamado? ¿Logramos entender nuestro quehacer como la pesca a la que el Señor nos ha mandado? Pidamos a Jesús que nos ayude.

MISERICORDIA QUE PERDONA

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Juan 20, 19-31

El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición del Señor al grupo de los Apóstoles y la misión que les confiere al soplar sobre ellos el Espíritu Santo: el poder de perdonar pecados, al respecto dice el Concilio de Trento: “El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo… Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo” (Conc. de Trento, De Poenitentia, cap. 1)

La Penitencia es el lugar donde más brilla la misericordia Divina: el momento en el que son perdonados nuestros pecados, no en virtud del sacerdote, sino de la misericordia y la potestad de Dios en él. El sacerdote es el mediador de esta gracia, pero es Jesús mismo el que perdona a través del ministerio confiado a la Iglesia, de ahí la importancia que acudamos a dicho sacramento. ¿Cómo hemos de confesar nuestros pecados? Con un corazón arrepentido y con el firme propósito de cambiar las situaciones de pecado que nos han llevado a buscar el perdón. También es necesario creer que Dios nos perdona y esto implica ser capaces de reconciliarnos también con los hermanos y con nosotros mismos: Perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Que la gracia del Espíritu Santo inunde nuestra vida y seamos capaces de reconocer la importancia de tan grande sacramento: la Penitencia.

YO TAMPOCO TE CONDENO

Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Juan 8: 10-11

¡Cuántas piedras levantadas! ¡Cuántas voces alzadas furibundas contra el pecado de los otros! Es lo que vemos en los debates de televisión, tertulias, etc., donde el pecado de unos es comidilla de otros. Es lo que vivimos a diario en las conversaciones entre amigos… Piedras alzadas entre compañeros de trabajo, entre el grupo de amigos. ¡Qué fácil resulta criticar los pecados ajenos! ¡Cuánta hipocresía!

En este pasaje vemos reflejada nuestra propia vida. ¿Qué estamos haciendo ante el pecado y ante el pecador? ¿Tratamos ambas realidades por igual? Según este texto, Jesús no lo hace, distingue muy bien y defiende a la mujer de sus acusadores, pero al mismo tiempo sabe que ha habido un pecado, algo que ha de corregirse. «Yo tampoco te condeno», «vete y en adelante no peques más», son las dos expresiones que nos muestran el actuar de Dios con nosotros: Él no nos condena pero nos lanza el imperativo de no volver a pecar, de valorar esa misericordia que ha mostrado, una misericordia que quiere que hagamos extensiva a los hermanos y a nosotros mismos, ya que en ocasiones podemos llegar a erigirnos como verdugos de nosotros mismos a causa del pecado que hayamos cometido.

Se trata, en definitiva, de salvar esa dignidad esencial de la persona humana, de vivir con la misericordia de Dios, distinguiendo muy bien el pecado de quien lo comete y esto vale también para nosotros mismos. La conversión a la que estamos llamados esta Cuaresma implica también ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Que Él nos auxilie en esta tarea.

EL PADRE MISERICORDIOSO

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo.

Lucas 15, 1-3.11-32

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. (Catecismo de la Iglesia Católica 1439)h

NECESIDAD DE CONVERSIÓN

¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo

Lucas 13: 2-3

San Clemente Romano escribía estas palabras en Ad Cotinthios 7,5: «Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él». Desde su misma venida hasta el día de hoy, el tiempo favorable y día de la salvación se repiten. Dios sigue llamando a la conversión y entonces, como hoy Él usa de todos los medios disponibles para hacerlo. En este pasaje bíblico vemos al Señor aprovechando dos noticias desafortunadas y tristes, un accidente y una acción violenta, para dar enseñanza a quienes le estaban escuchando.

La enseñanza consiste en clarificar que aquellos galileos no han muerto como pago por sus pecados, como se solía creer ante este tipo de sucesos. La tentación de imputar a la víctima la culpa del mal que esta padece ha estado y al parecer seguirá estando presente, pero los cristianos hemos de saber que esto no es así, hemos de huir de tal tentación.

Muchos llegan a pensar ante la adversidad que están siendo castigados por sus pecados y los que tienen una percepción de justicia mayor sobre sus propias vidas, quedan aún más heridos y consternados ante el sufrimiento: he ahí la costumbre de buscar causalidad en la víctima del mal padecido. Para aquellas ocasiones en las que sí somos causa del mal sobre nosotros o sobre los demás, el Señor nos invita a la conversión, a remediar tal situación, porque Él sigue llamando, sigue contando con nosotros.

TENTADOS EN EL DESIERTO

Cristo se hizo hombre y se hizo igual a nosotros en todo, menos en el pecado (Hb 4:15). Su solidaridad con el ser humano pasó por experimentar la debilidad de la tentación, fue tentado, igual que nosotros somos tentados. Sin embargo, Él no pecó, no cayó en la tentación, mientras que nosotros le rogamos todos los días “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Nuestra debilidad pasa por sus manos y nuestras pocas fuerzas se ven fortalecidas por la ayuda de su Espíritu Santo.

El enemigo es vencido gracias a la llenura del Espíritu Santo y a la fuerza que infunde en nosotros el Pan de la Palabra. Nos dice san Lucas que el Señor fue llevado al desierto para ser tentado y que estaba en Él el Espíritu Santo. ¡Qué importante es contar con la fuerza interior que da el Espíritu de Dios! Solo en Él encontramos nosotros el fundamento firme sobre el cual sentar una batalla contra las fuerzas del mal, es más, Él es el que pelea e intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8:26). Entre tanto, contamos con la luz de la Sagrada Escritura con la que vemos que Jesús rebate los ataques del enemigo. La voz seductora del diablo se calla ante la Palabra de Dios.

Finalmente, el festejo de ese Pan Vivo bajado del cielo (Jn 6:51), de Jesucristo, nos aporta todo lo que espiritualmente necesitamos para que el enemigo no nos encuentre débiles y frájiles. La Eucaristía es para nosotros el sustento, el alimento que da vida y nos aporta la salvación actualizada a lo largo de todos nuestros días: Cristo mismo se queda y si Él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8:31) ¿Qué combate hay que no podamos vencer? ¡En Él somos más que vencedores! (Rm 8:37) ¡Todo lo podemos en Él que nos da la fuerza! (Fl 4:13) Pidamos al Señor que jamás dejemos de confiar en su presencia en medio de nuestros desiertos y de nuestras tentaciones.

AMAD A VUESTROS ENEMIGOS

A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecir a los que os maldicen, orad por los que os injurian.

Lucas 6:27-38

Después de haber meditado sobre las Bienaventuranzas, san Lucas nos presenta el núcleo de las enseñanzas de Jesús. El perdón a los enemigos constituye todo un reto en la vida del cristiano, pues es tanto su medida como su tarea. Medida en tanto que sabremos cómo está realmente nuestra vida cristiana conforme vayamos siendo capaces de imitar al Padre en su perdón que en Cristo nos manifiesta al perdonar y misericordiosamente reconciliar al hombre enemistado con Él. Luego, el perdón es tarea porque nos concierne a todos imitar tal misericordia: perdónanos como nosotros perdonamos.

El Evangelio continúa mostrándonos una lista de agresiones que pueden ser cometidas contra nosotros y la manera de afrontarlas, para resumir todo en la regla de oro: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. El amor a los enemigos y a los que nos hacen daño, no ha de confundirse con actitudes contrarias al amor hacia uno mismo, sino que, por el contrario, es el medio de proteger nuestro mundo interior y nuestra autoestima de un modo certero: si el Señor nos ha dejado este mandato, no es en pro de los enemigos, sino en beneficio nuestro, aunque el amor puede llegar a doblegar corazones duros y ciegos a la caridad.

Por último, Jesús muestra la motivación principal de todas estas enseñanzas: el amor misericordioso del Padre: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. Su compasión es rebosante, su amor desbordante y gratuito, del mismo modo lo ha de ser el amor y la misericordia del cristiano. Que tengáis una bonita semana.

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LA POBREZA EVANGÉLICA

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!

Lucas 6:24

Pongamos el caso de alguien que tiene riquezas y que, además, tiene el más grande tesoro: Jesús de Nazaret. ¿Está obrando mal por el hecho de tener bienes? Obviamente, todos sabemos la respuesta: no. Tener bienes es tener posibilidad de obrar el bien en los demás, de ahí que la mayor riqueza no sea lo que se posee sino la actitud del corazón que posee. Un corazón generoso lo será siempre, al margen de tener o no riquezas; un corazón condolente, será siempre una fuente donde muchos calmen su sed, aunque se posean cuentas bancarias a rebosar. El problema no está en el dinero sino en el corazón, como dice la Escritura: «raíz de todos los males es el amor al dinero» (1Timoteo 6:10)

La pobreza evangélica consiste pues en tener un corazón afable, bueno, que se conduele, que se siente corresponsable con el prójimo más necesitado. La pobreza evangélica tiene que ver con la actitud agradecida del creyente, un agradecimiento que le lleva a querer darse a los más necesitados, de una forma gratuita, sin pedir nada a cambio. ¿Quieres saber cómo tener esta pobreza evangélica? Pues, comienza mirando a Jesús: siendo el más rico de los hombres, se hizo esclavo, siervo de todos; anduvo en medio de gente que ya nadie quería; estaba al tanto de las necesidades de la gente que lo buscaba; no desechaba a nadie juzgándole por apariencias o prejuicios… eso y mucho más hizo (y aún hace) el Señor: he ahí la fuente de la verdadera pobreza evangélica. Feliz Domingo