EL DEDO DE DIOS

Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Lucas 11, 15-26

Hay que leer el texto de hoy junto con su paralelo de san Mateo 12, 31-32: «Por eso os digo que cualquier pecado o blasfemia serán perdonados a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y quien diga una palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonada ni en este mundo ni en el otro». En ambos textos a Jesús se le acusa de expulsar los demonios con el poder del príncipe de los demonios, de Belzebú, una acusación bastante grave por sus implicaciones: con esto están negando el perdón, la liberación y la misericordia de Dios y esto de una manera consciente y libre. Con este pecado, la persona desconfía de la misericordia de Dios liberador del pecado y del maldad y se posiciona de una manera impenitente y obstinada ante el mal.

Esta obstinación puede venir de una rebeldía manifiesta o solapada contra el perdón que Dios nos ofrece, o bien de una falsa humildad que lleva a decir: «Dios no me puede perdonar estos pecados», «ha sido tan grave lo que he hecho que no merezco ser perdonado», con la posterior consecuencia del alejamiento y el olvido de la vida divina.

Resulta obvio que ante esta postura radical, no pueda existir el perdón de los pecados, lo cual constituye el pecado por excelencia al no poder ser perdonado de suyo, ya que, como dice proverbios 28, 13 El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia». Por tanto, si no se da pie al perdón, todo camino para el arrepentimiento y vuelta a Dios queda truncado.