TRIDUO A SAN FRANCISCO DE ASÍS – LA HUMILDAD DE FRANCISCO

«Francisco había aprendido a no buscar sus intereses, sino a cuidarse de lo que miraba a la salvación de los demás; pero, más que nada, deseaba estar con Cristo… Permanecía insensible a todo estrépito del exterior y ponía toda su alma en tener recogidos los sentidos exteriores y en dominar los movimientos del ánimo, para darse sólo a Dios; había hecho su nido en las hendiduras de las rocas, y su morada en las grietas de las peñas escarpadas… Todo anonadado, permanecía largo tiempo en las llagas del Salvador. Por eso escogía frecuentemente lugares solitarios, para dirigir su alma totalmente a Dios… Su puerto segurísimo era la oración; pero no una oración fugaz, ni vacía, ni presuntuosa, sino una oración prolongada, colmada de devoción y tranquilidad en la humildad. Podía comenzarla al anochecer y con dificultad la habría terminado a la mañana; fuese de camino o estuviese quieto, comiendo o bebiendo, siempre estaba entregado a la oración. Acostumbraba salir de noche a solas para orar en iglesias abandonadas y aisladas.

Cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo con lágrimas, se golpeaba el lecho con la mano, y allí -como quien ha encontrado un santuario más recóndito- hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se Presentaba múltiple. Hablaba muchas veces en su interior sin mover los labios… Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración…»

Lectura franciscana
De las Biografías de San Francisco escritas por Tomás de Celano

(1 Cel 71 y 2Cel 95) – Franciscanos Conventuales – www.pazybien.es