LÁZARO Y EL RICO

Recibiste bienes, y Lázaro males: ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Lucas 16, 19-31

Lo primero que llama esta parábola es que de los dos personajes principales, solo uno tiene nombre: Lázaro que significa «Dios ha ayudado»; el rico no tiene nombre. Y es que en su lugar puede estar cualquiera que, cegado por sus bienes y cuyo corazón se haya endurecido en la indiferencia, no es capaz de ver a aquel que está «echado en su portal, cubierto de llagas».

Bien lo dijo el papa Francisco en una de sus Misas en santa Marta: “Lo opuesto más cotidiano al amor de Dios, a la compasión de Dios, es la indiferencia: la indiferencia. ‘Estoy satisfecho, no necesito nada. Tengo todo, tengo asegurada esta vida, y también la eterna, porque voy a Misa todos los domingos, soy un buen cristiano’ pero, saliendo del restaurante miro a otro lado”. Por tanto, no es el odio lo más opuesto al amor, sino la indiferencia.

El Evangelio de hoy nos vuelve a advertir de la ceguera que puede llegar a causar en nosotros el poner nuestro corazón en los bienes materiales. Esta ceguera es muy peligrosa para el mundo y los cristianos, más que ningún otro mortal, estamos llamados a escapar de la vorágine consumista que tanto termina por afectar no solo al mundo, sino a una verdadera ecología humana y construir entre todos un mundo más justo y solidarios, donde sea un hecho la civilización del amor.