MIRAD, PUES, CÓMO OÍS

Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener

Lucas 8, 18

La lámpara que se enciende es la palabra de Jesús interiorizada en el corazón del discípulo. Esta luz está llamada a brillar de una forma pública, iluminando a todos los que están en la casa. Esta luz no tiene que ver con algo oculto o secreto, como si se tratara de algo esotérico, apto solo para algunos privilegiados e iniciados. La luz de la Palabra de Dios ha de brillar en la vida de los hijos de tal forma que ilumine a todos los que entren y vean.

La Palabra de Dios se hizo carne, el Hijo de Dios tomó forma humana, entró de lleno iluminando nuestra historia. La dinámica de la Palabra es el aparecer y hacer aparecer, pues por la Palabra todo cuanto existe fue creado. De ahí que sea un error de base pretender ocultar esa luz. En nuestros días ocurre esto con el imperativo que se impone cada vez más en el ambiente de que todo el que tenga fe ha de vivirla en el interior de su vida, esconderla, impedir que salga a la luz, es más, impedir que brille con su propia luz. Esto es llamar a la persona a vivir una dicotomía enfermiza e imposible de lograr, ya que la fe no se anexa a la vida de las personas como algo exterior, sino que llena el ser y lo más íntimo de esta, formando una unidad que informa todo lo que la persona es y vive, algo que en definitiva nos configura con la vida divina.

Lo que se logra a la larga con este comportamiento es vivir interiormente en un conflicto constante: por un lado está lo que somos y cómo nos sentimos con aquello que somos (cristianos) y por el otro, está lo que nos exige la vida social (esconder toda manifestación cristiana). Esto crea un malestar consigo mismo ante el que muchos cristianos sucumben, la tensión interna tiende a hallar solución alejándose de Dios, acercándose al mundo, o viviendo en la más dolorosa de las hipocresías, ni frío ni caliente.

El problema se hace pues mayor cuando es el propio creyente el que pretende ocultar su vida de fe solo por encajar en el grupo de turno: se evitan palabras como «Dios», «fe», «Iglesia»… y frases tales como «gracias a Dios» se transforman en «gracias a la vida», «al destino». Felicitaciones tales como «¡Feliz Navidad!» van quedando a un lado sustituidas por «¡Felices fiestas!» más apropiado y políticamente correcto. Parecen tonterías, pero detrás de todo ello va entrando el celemín que esconde poco a poco la luz, quitando aún «hasta lo que se cree tener.»