Rogad al dueño de la mies…

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos

Lucas 10, 1-12. 17-20

Las lecturas de hoy nos hablan de la universalidad de la misión. La salvación ha sido ofrecida para todo aquel que quiera acogerla. Pero esta acogida depende primero del anuncio comprometido que tantos hombres y mujeres llevan a cabo por todo el planeta, en circunstancias a veces bastante duras. Son misioneros y misioneras que sacrifican su propia existencia para que Cristo empiece a ser una realidad en tantas vidas. En todas las épocas de la historia ha habido sembradores de la palabra de Dios, hombres y mujeres entregados, desde los padres que inculcan con celo y mimo los valores del evangelio a sus hijos hasta los grandes pensadores y teólogos que se han centrado en el estudio minucioso de la Palabra de Dios para que podamos entenderla y vivirla mejor.

De ahí la necesidad urgente de rogar al Padre que nos envíe más obreros a la mies, principalmente al campo de las vocaciones consagradas, hoy por hoy tan herido por el secularismo y por la mentalidad materialista imperante en nuestro contexto social. También hemos de pedirle a Dios para que la familia sea el centro de evangelización principal donde se fragüen las vocaciones que el mundo necesita, abundantes y santas: matrimonios donde se valore la vida y la recíproca entrega en el amor, vocaciones a la vida consagrada donde se sienta que los valores del Reino de Dios son un campo esencial donde poner a arder la propia existencia, vocaciones, en definitiva, a la santidad de vida.  Pidamos, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.