Rogad al dueño de la mies…

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos

Lucas 10, 1-12. 17-20

Las lecturas de hoy nos hablan de la universalidad de la misión. La salvación ha sido ofrecida para todo aquel que quiera acogerla. Pero esta acogida depende primero del anuncio comprometido que tantos hombres y mujeres llevan a cabo por todo el planeta, en circunstancias a veces bastante duras. Son misioneros y misioneras que sacrifican su propia existencia para que Cristo empiece a ser una realidad en tantas vidas. En todas las épocas de la historia ha habido sembradores de la palabra de Dios, hombres y mujeres entregados, desde los padres que inculcan con celo y mimo los valores del evangelio a sus hijos hasta los grandes pensadores y teólogos que se han centrado en el estudio minucioso de la Palabra de Dios para que podamos entenderla y vivirla mejor.

De ahí la necesidad urgente de rogar al Padre que nos envíe más obreros a la mies, principalmente al campo de las vocaciones consagradas, hoy por hoy tan herido por el secularismo y por la mentalidad materialista imperante en nuestro contexto social. También hemos de pedirle a Dios para que la familia sea el centro de evangelización principal donde se fragüen las vocaciones que el mundo necesita, abundantes y santas: matrimonios donde se valore la vida y la recíproca entrega en el amor, vocaciones a la vida consagrada donde se sienta que los valores del Reino de Dios son un campo esencial donde poner a arder la propia existencia, vocaciones, en definitiva, a la santidad de vida.  Pidamos, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

Médico para los enfermos

No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero no sacrificios

Mateo 9, 9-13

Según la Biblia de la CEE, los “publicanos” eran empleados de concesionarios privados para el cobro de impuestos, que reglamentaban los romanos, por el paso de mercancías de una circunscripción a otra. Tenían mala fama, tanto por su colaboración abierta con los romano como por su trato inevitable con productos y personas impuras; además, solían abusar en los cobros. Leyendo lo anterior, podemos llegar a preguntarnos ¿cómo es que el Señor llama a una persona así para que se convierta en uno de sus íntimos amigos? Ciertamente, quería dar, no solo una oportunidad a Mateo, sino también una lección: No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos.

Recuerdo que hace tiempo una pareja de esposos me recriminó el hecho de haber acudido varias veces al pueblo donde vivían y haber estado en casa de “esa otra pareja que ni casados estaban”. Recuerdo que les respondí que, precisamente estaba tratando de volverme su amigo, a ver si a mí me hacían caso más adelante y se daban cuenta de lo importante del matrimonio. Por su puesto, seguí yendo a casa de aquellos “pecadores” y comiendo a su mesa. Y es que es increíble cómo aún hoy funcionan las cosas de esta manera. Entiendo mi ministerio desde este estar con los más necesitados espiritualmente hablando, aunque sean los más mal vistos socialmente: ellos son los que necesitan médico, al Médico.

Perdón de los pecados, acto divino

La gente alababa a Dios que da a los hombres tal potestad.

Mateo 9, 1-8.

Al perdonar los pecados, Jesús está mostrando su divinidad a los escribas. Si nadie, salvo Dios, puede en la tierra perdonar los pecados, Jesús lo hace y con ello muestra quién es: aquel que tiene potestad no solo de erradicar la enfermedad sino el causante último de la misma: el pecado. “Como hombre se compadece de nosotros, y como Dios se apiada de nosotros y perdona nuestras ofensas” (S. Ireneo, Adversus haereses, 5, 17, 3)

La gente queda admirada de que Dios haya concedido tal autoridad en la tierra, autoridad que Cristo quiso perpetuar al instituir el sacramento del perdón dado por manos de hombres, pero el perdón como un don de Dios, muestra de su misericordia (Juan 20, 22-23). Al respecto dice san Ambrosio: Los hombres, al perdonar los pecados, muestran su ministerio, pero no ejercen el derecho de un poder; e incluso no perdonan en el propio nombre, sino en el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos ruegan y la divinidad dona; pues el servicio pertenece a los hombres, pero la generosidad pertenece al poder de Dios. (De Spiritu Sancto 3, 18, 137)