TANTO NOS HA AMADO

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Juan 3, 16

Este versículo podría considerarse el resumen de todo el misterio de la salvación. Nos enseña cuan grande es el amor de Dios para nosotros y cómo tal grandeza es mostrada en el don de su propio Hijo con un objetivo concreto: la salvación y que tengamos vida eterna. No hay mayor don de amor que este.

La entrega del Hijo viene a iluminar la vida de cada hombre, pues Él es la luz (Jn 1, 4) y ante este don, como ante cualquier don que se nos ofrece, caben dos posibilidades: aceptar o rechazar el don, y hacerlo de una u otra manera, depende de la actitud moral con la que la persona se acerca y de la mirada de fe que se haya encendido o no en su interior, es lo que san Juan llama obrar la verdad.

Cuando en el verso veinte dice: todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras, se refiere, precisamente, a la molestia que se percibe cuando la conciencia acusa por hallarse contrapuesta a la luz, ya que esta reclama de suyo una adecuación a lo luminoso, la luz llama a la conversión. Esto es diferente de obrar la verdad: aquí no se huye, aquí se afronta la verdad de nuestros actos y todos los fantasmas interiores que la luz pueda haber hecho salir. Así, el hombre toma la senda difícil, pero liberadora del cambio y se convierte en hijo de la luz (1 Tes 5, 5) Pidamos al Señor que seamos siempre hijos de la luz e hijos del día.

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