MISERICORDIA QUE PERDONA

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Juan 20, 19-31

El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición del Señor al grupo de los Apóstoles y la misión que les confiere al soplar sobre ellos el Espíritu Santo: el poder de perdonar pecados, al respecto dice el Concilio de Trento: “El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo… Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo” (Conc. de Trento, De Poenitentia, cap. 1)

La Penitencia es el lugar donde más brilla la misericordia Divina: el momento en el que son perdonados nuestros pecados, no en virtud del sacerdote, sino de la misericordia y la potestad de Dios en él. El sacerdote es el mediador de esta gracia, pero es Jesús mismo el que perdona a través del ministerio confiado a la Iglesia, de ahí la importancia que acudamos a dicho sacramento. ¿Cómo hemos de confesar nuestros pecados? Con un corazón arrepentido y con el firme propósito de cambiar las situaciones de pecado que nos han llevado a buscar el perdón. También es necesario creer que Dios nos perdona y esto implica ser capaces de reconciliarnos también con los hermanos y con nosotros mismos: Perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Que la gracia del Espíritu Santo inunde nuestra vida y seamos capaces de reconocer la importancia de tan grande sacramento: la Penitencia.

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