NUEVO NACIMIENTO

No te extrañes que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Juan 3, 7-8

En este interesante diálogo con Nicodemo, el Señor nos revela datos muy interesantes y esclarecedores sobre nuestra propia condición de bautizados. Habla, primeramente, de los dos nacimientos, el espiritual y el carnal; el del agua y el Espíritu y aquel que se da por la participación del hombre; el nacimiento de lo alto y el nacimiento desde lo terreno. Con estas antítesis se perfila ya en qué consiste ese nuevo nacimiento que se da en todos nosotros cuando somos bautizados y nacidos de esta manera a la vida del espíritu y a la nueva condición de hijos de Dios y de la Iglesia.

Nacer al Espíritu, al viento que sopla donde quiere, es nacer a la verdadera libertad, pues Cristo en la Cruz nos ha liberado de la mordedura del pecado (Nm 21, 8-9; Jn 3, 14-15) ya que, para la libertad nos ha liberado Cristo (Gál 5, 1) Y, con Nicodemo preguntamos ¿cómo puede suceder esto? El Señor lo explica claramente: estos asuntos solo se ven con los ojos de la fe y desde lo que se ha experimentado, pues hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto (v.11) De ahí que existan personas a quienes los asuntos espirituales les parezcan cuentos de hadas, pensamientos bonitos de hombres y mujeres ilusos, de ahí que el Señor expresara: Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? (v.12)

Demos, pues, gracias a Dios por el don de la fe y por la posibilidad de creer y pidámosle que seamos esos hijos renacidos en los que nos ha convertido el santo Bautismo que una vez recibimos.

MI YUGO ES LLEVADERO

Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Mateo 11, 29

La acción de gracias de Jesús deja ver el fondo de su corazón, los sentimientos más profundos que se puedan expresar. El Señor se centra en lo positivo: son muchas las personas humildes y sencillas que creyeron en Él y son ellas la base de la Iglesia, esta no se funda sobre la soberbia y la altivez de los sabios y entendidos, sobre el engreimiento de los llenos de sí mismos, sino sobre la sencillez y la humildad. Lo negativo, los que no creyeron en Él, aquellos que lo rechazaron, no cuenta para Jesús: su acción de gracias se dirige al Padre por aquellos que creyeron a sus palabras.

Después el Señor manifiesta el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo y cómo el conocimiento por parte de los sencillos es obra del querer del Hijo al cumplir la voluntad del Padre: Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (v.26) La revelación del Hijo es conocer al Padre y quien conoce al Padre, conoce también al Hijo.

Pero no se trata tan solo de un conocimiento intelectual, sino de un encuentro, por eso, en tercer lugar, invita a que vayamos a Él, especialmente cuando estemos pasándolo mal, cansados y agobiados. La consecuencia de este encuentro es el descanso para nuestras almas, ya que la ley de Cristo libera, otros yugos que nos pone el mundo, esclavizan: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (v.30). Reconocemos entonces que más que un encuentro intelectual, se trata de un encuentro real con el Emmanuel que nos conoce y con el Dios vivo que nos libera.

MISERICORDIA QUE PERDONA

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Juan 20, 19-31

El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición del Señor al grupo de los Apóstoles y la misión que les confiere al soplar sobre ellos el Espíritu Santo: el poder de perdonar pecados, al respecto dice el Concilio de Trento: “El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo… Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo” (Conc. de Trento, De Poenitentia, cap. 1)

La Penitencia es el lugar donde más brilla la misericordia Divina: el momento en el que son perdonados nuestros pecados, no en virtud del sacerdote, sino de la misericordia y la potestad de Dios en él. El sacerdote es el mediador de esta gracia, pero es Jesús mismo el que perdona a través del ministerio confiado a la Iglesia, de ahí la importancia que acudamos a dicho sacramento. ¿Cómo hemos de confesar nuestros pecados? Con un corazón arrepentido y con el firme propósito de cambiar las situaciones de pecado que nos han llevado a buscar el perdón. También es necesario creer que Dios nos perdona y esto implica ser capaces de reconciliarnos también con los hermanos y con nosotros mismos: Perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Que la gracia del Espíritu Santo inunde nuestra vida y seamos capaces de reconocer la importancia de tan grande sacramento: la Penitencia.

¡ES EL SEÑOR!

Jesús se acerca toma el pan y se lo da, y lo mismo del pescado…

Juan 21, 1-14

Juan reconoció al Señor a lo lejos: ¡Es el Señor! El adolescente del grupo, aquel con amor tan puro por su Señor, es el primero en reconocerlo. Así es el amor, capaz de saber dónde está Cristo, capaz de sentirlo donde a lo mejor muchos ojos son incapaces de reconocerlo.

Pedro al darse cuenta de la buena noticia, cree al muchacho y no está dispuesto a esperar: sin que la barca llegue a la orilla, se tira al mar y va hacia donde está el fuego encendido. Así es Pedro, en medio del mar, es decir, el mundo, lleva el primado.

Otros signos importantes son el mar, la barca y los peces. El mar simboliza el mundo y la barca la Iglesia. Los peces son las personas que pertenecemos a esa pesca encomendada por Cristo a los Apóstoles y con ellos, las redes simbolizan la unidad como pueblo, como asamblea de Dios. Como veis, es un pasaje lleno de símbolos ricos en significado.

Cristo reafirma una vez más su condición de resucitado, volviendo a hacer hincapié en que no es un espíritu, es él mismo, alguien que come y bebe con los suyos, que parte y comparte el pan, en este caso, el pez que él mismo estaba asando sobre aquellas brasas.

AL PARTIR EL PAN…

¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Lucas 24, 13-35

El tema central de este episodio es el encuentro con Jesús y el reconocimiento que de Él tiene quien lo ama. Los dos discípulos del relato regresaban a Emaus con varios sentimientos a flor de piel: la decepción, la tristeza y la desesperanza. En el camino se encuentran con Jesús Resucitado que se pone a caminar a su lado, aunque sus ojos todavía no eran capaces de reconocerlo. Ellos comienzan a relatar lo acaecido en Jerusalén por aquellos días, ante el asombroso desconocimiento de los hechos por parte del forastero, Jesús marcha a su lado, los escucha.  Ante esta explicación humana de lo que pasó, el Señor comienza a explicar las Escrituras y todo lo que de Él se decía en ellas, de cómo el Mesías debía de padecer y ser entregado en manos de los hombres.

Cuando están sentados a la mesa, sus ojos se abrieron justo en el momento de la fracción del pan, bello nombre de nuestro sacramento más sublime, la Eucaristía. Fijaros que, primero, abre su entendimiento con la Escritura (¡Cuán importante es para nosotros!) y después ellos son capaces de reconocerlo en el pan que se parte y se comparte.

También la Iglesia sigue el camino de Emaús cuando todos los días dejamos que Él nos hable y nos explique las Escrituras y, después, participamos de la mesa del Pan y el Vino, reconociéndolo así en medio de nosotros. ¡Qué gran milagro de amor!

PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO


«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.»»

Juan 20, 11-18

La ascensión es el otro paso que dará el Señor: subir al Padre de donde había venido. Jesús aprovecha para clarificar una vez más que el Padre es su Padre y también lo es de nosotros.Fijaos que no dice “subo a nuestro Padre”, sino que dice: “al Padre, al Dios mío” y “al Padre, al Dios vuestro”.

El primer énfasis lo hace clarificándonos que la suya es una filiación diferente, Él es “Dios de Dios y Luz de Luz”, es el Hijo “engendrado y no creado, consubstancial al Padre”.

El segundo énfasis nos indica que somos hechos, en el Hijo, hijos de adopción. Aunque si vamos más allá de lo obvio, a saber, la filiación con el Padre, encontraremos que Cristo ya no nos llama siervos o amigos, nos llama hermanos y como tales, somos coherederos con él.

La fraternidad Cristiana tiene que ver primeramente con esta identificación profunda con el Señor: sólo entendiendo y viviendo esta fraternidad podrá hallar un fundamento sólido la fraternidad humana, cada uno está llamado a ser hermano del Hermano para luego ser hermano de los hermanos.

¡ALEGRAOS!

No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

Mateo 28: 10

Me encanta constatar cómo el Señor no deja de enseñar ni si quiera después de terminar su misión en medio de nosotros: envía como testigos de su Resurrección al grupo de mujeres que va de madrugada a visitar su sepulcro, son ellas las encargadas de anunciar a los varones la buena noticia; ellas, las que no contaban, las pospuestas, las tenidas por débiles, cuyo testimonio no era válido, ellas son las primeras en ver a su Señor Resucitado y enviadas a dar testimonio.

No se trata de un hecho irrelevantes, pues, como nos lo dice el Catecismo:

Ser testigo es ser «testigo de su Resurrección» (Hch 1, 22; cf. 4, 33), «haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos» (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 995

Si es estos encuentros con el Resucitado marcan la esperanza cristiana en la resurrección, cuánto más relevante y especial será este primer encuentro, ya que no se trata solo del contenido que en los demás encuentros está presente, a saber: «El Señor está vivo!, sino que también se trata de la novedad y del mensaje que quiere transmitirnos apareciéndose primero al grupo de mujeres.

EL SEPULCRO VACÍO

Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20: 9

La Escritura a la que hace referencia este versículo específicamente es Isaías 52, 13-53, 12 en el que vemos al Siervo del Señor, sufriendo, pero en medio de una atmósfera de triunfo. Era una figura misteriosa para un judío de la época, por eso los discípulos tuvieron esa especie de revelación y entendieron estos escritos que siempre habían hablado de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestras transgresiones.

El sepulcro vacío, la ausencia del cuerpo del Señor y las vendas «desinflados» en el lugar donde había yacía el cuerpo antes sin vida de Jesús, el sudario doblado en un sitio aparte, todo ello, junto con las posteriores apariciones de Jesucristo, son argumentos a favor del hecho de la Resurrección. Santo Tomás escribió al respecto: «Cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan sficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (Lucas 24, 25-27), el anuncio de los ángeles (Lucas 24, 4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (Summa Theologiae 3, 55, 6 ad 1)

VERDAD QUE LIBERA

Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Juan 8:31-42

Si todo es verdad, ¿qué es la verdad? Si todo vale, ¿hay algo que realmente tengo algún valor? Es el problema del subjetivismo, por ejemplo, donde todo vale y todo es verdad según mi percepción y la percepción del otro, es más, todo es cuestión de percepción, lo verdadero y lo falso no existen por sí mismos, son un constructo de cada individuo y a este problema lo llamamos relativismo, por eso, ambas visiones de mundo, de la realidad van tan unidas.

Cuando la verdad no existe y es tan solo un constructo de las individualidades, se produce una parálisis donde la búsqueda de la verdad cesa y el hombre queda atrapado por las cadenas de un pensamiento asumido sin más y hasta promovido por los falsos profetas de nuestros días, custodiado por leyes y decretos, que terminan por confundir aún más si cabe bajo la premisa «lo legal es lo verdadero», así el hombre termina preso, inmovilizado en su búsqueda de la verdad, porque donde quiera que se mueva y donde quiera que desee cuestionar, se topará con los muros de los políticamente correcto, de la intolerancia, de lo «carca», etc. Salirse del cauce es peligroso y activa los mecanismos de corrección pertinentes.

La verdad de Cristo, en cambio, libera, porque invita a descubrir en Él el modelo de hombre y mujer, el modelo de hijos de Dios, la dignidad profunda que sustenta nuestro ser. Cuando se encuentra con Cristo, el hombre inicia un camino de búsqueda y de encuentro constante mediante el cual va liberando su ser cada vez más mientras que al mismo tiempo va creciendo y va haciendo crecer la sociedad en la que vive: el hombre se convierte en una bendición liberadora para sí mismo y para otros, según el modelo que tiene en Jesucristo. Queda claro, pues, qué tipo de verdad puede hacernos realmente libres.

YO TAMPOCO TE CONDENO

Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? Ella contestó: ninguno, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

Juan 8: 10-11

¡Cuántas piedras levantadas! ¡Cuántas voces alzadas furibundas contra el pecado de los otros! Es lo que vemos en los debates de televisión, tertulias, etc., donde el pecado de unos es comidilla de otros. Es lo que vivimos a diario en las conversaciones entre amigos… Piedras alzadas entre compañeros de trabajo, entre el grupo de amigos. ¡Qué fácil resulta criticar los pecados ajenos! ¡Cuánta hipocresía!

En este pasaje vemos reflejada nuestra propia vida. ¿Qué estamos haciendo ante el pecado y ante el pecador? ¿Tratamos ambas realidades por igual? Según este texto, Jesús no lo hace, distingue muy bien y defiende a la mujer de sus acusadores, pero al mismo tiempo sabe que ha habido un pecado, algo que ha de corregirse. «Yo tampoco te condeno», «vete y en adelante no peques más», son las dos expresiones que nos muestran el actuar de Dios con nosotros: Él no nos condena pero nos lanza el imperativo de no volver a pecar, de valorar esa misericordia que ha mostrado, una misericordia que quiere que hagamos extensiva a los hermanos y a nosotros mismos, ya que en ocasiones podemos llegar a erigirnos como verdugos de nosotros mismos a causa del pecado que hayamos cometido.

Se trata, en definitiva, de salvar esa dignidad esencial de la persona humana, de vivir con la misericordia de Dios, distinguiendo muy bien el pecado de quien lo comete y esto vale también para nosotros mismos. La conversión a la que estamos llamados esta Cuaresma implica también ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Que Él nos auxilie en esta tarea.