EL PADRE MISERICORDIOSO

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo.

Lucas 15, 1-3.11-32

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. (Catecismo de la Iglesia Católica 1439)h

EL MAYOR DE LOS MANDAMIENTOS

¿Qué mandamiento es el primero de todos? El primero es: escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es este: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Marcos 12, 28b-34

El mayor de los mandamientos tiene una unidad interna (Dios) y una pluralidad en su manifestación: amor a Dios (primeramente), amor al prójimo y amor a sí mismo, medida del amor al prójimo. El amor a Dios es la base: nadie puede decir que ama a Dios si no ama al prójimo a quien ve; este amor es apremiante y de suyo exige ser compartido, de ahí que una persona que rebosa de este amor, es abundante en su manifestación de amor para con el prójimo. Del mismo modo, alguien que ama al prójimo, está cerca del corazón del Padre, pienso en tantos que sin ser cristianos, aman mucho, hasta el extremo en muchas ocasiones, imitando, sin saberlo, la misericordia del Padre en Jesucristo.

El amor a uno mismo suele ser un amor descuidado, en tanto que nos han enseñado a sacrificar el amor por nosotros mismos como si el egoísmo no pudiera presentarse también en alguien que se desprecia. Hay que tener un equilibrio: amarnos sanamente, en Dios y en el prójimo, que se convierte en el punto donde confluyen tres amores: el amor a sí mismo que eleva y reconoce esa dignidad propia de un hijo de Dios, el amor al prójimo, que se encuentra con alguien digno y dignificante, y el amor de Dios, que eleva estos tres tipos de amor, solo así este mandamiento podrá ser vivido en toda su plenitud.

ESCUCHANDO SU VOZ

«Escuchad mi voz.Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien.»


Jeremías 7, 23-28

El primer mandato que da es “escuchad mi voz”. Escuchar es lo primero, escuchar es implicarse en aquello que se oye. Escuchar ya es predisponerse a responder. Escuchar muestra la voluntad puesta en el otro, en este caso, en el Otro.

Escuchar va más allá del simple oír, ya que las personas sordas escuchan con los ojos y las sordociegas con el tacto y el olor. ¿Escuchó realmente lo que Dios tiene para decirme? La consecuencia de escuchar a Dios es que él será nuestro Dios y nosotros su pueblo. ¡Maravilloso! Escuchar siempre trae su recompensa, en este caso, una que nos sobrepasa: seremos su pueblo porque Él será nuestro Dios.

El segundo mandamiento es: “caminad por el camino que os mando”. El camino ya sabemos cual es: Cristo. Caminar a su lado es una experiencia de gracia, caminar en Él, la vía más certera de salvación, de alegría, no solo la esperada para el más allá, sino que es plenitud de vida en nuestro hoy, por ello dice: “para que os vaya bien”. Así pues, esta Cuaresma escuchemos su voz y andemos por su Camino.

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CRISTO, PLENITUD

No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud

Mateo 5, 17-19

En el episodio del Monte Tabor contemplábamos a Jesús hace unos días hablando con Elías (profecía) y con Moisés (la Ley) Este texto ilumina perfectamente el de hoy: Jesús es la plenitud de la Ley y los Profetas. Todos los grandes mandamientos y conocimientos que el pueblo de Dios adquirió a lo largo de los tiempos, tienen su vigencia y su actualidad, aunque no sin ser primero depuradas de tantos elementos que, inevitablemente, terminaron por confundir el propósito inicial de los preceptos de Dios sobre sus hijos. Jesús da plenitud y los resume en el único mandamiento que es acorde a la naturaleza de Dios: el mandato del amor.

Otro aspecto importante es entender que, Cristo no viene a abolir nada sino a dar plenitud y esto en lo referente a la Ley de Dios y a nuestras propias motivaciones humanas. Aquel que quiere que demos fruto abundante, nos propicia todo lo que necesitamos para poder corresponder como él espera. Al respecto, recuerdo el Encuentro Mundial de la Juventud del 2005 en Colonia: el papa Benedicto XVI dijo esta frase hermosa: «no tengáis miedo, Cristo lo da todo, no quita nada». Es precioso constatar que así es. Cuando le entregamos todo lo que somos y tenemos; todas esas motivaciones humanas tan legítimas, Él las toma y las plenifica para que así demos el fruto que Él espera.

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PERDONANDO PARA SER PERDONADOS

¿No debías tú compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?

Mateo 18: 33

Siempre lo he dicho: el perdón es una de las cuestiones más difíciles dentro de nuestra fe, pero, al mismo tiempo, es el imperativo más apremiante que tenemos, ya que la principal motivación que nos urge al perdón es la compasión de Dios que nos mueve a ello. En Cristo Dios nos ha perdonado y ¡a qué precio! Por ello nosotros estamos invitados a perdonar, del mismo modo en que el Padre nos ha reconciliado con Él.

En el pasaje que hoy nos ocupa, Pedro, queriendo entender para vivir mejor su seguimiento, pregunta por este tema y en la respuesta del Maestro encontramos algo claro: el perdón ha de otorgarse siempre, cuando vienen a nosotros verdaderamente arrepentidos y con signos de tal arrepentimiento. Del mismo modo, el perdón ha de pedirse siempre que veamos que necesitamos reconciliarnos con Dios y con los hermanos, esto es tan importante, que está por encima de cualquier ofrenda que quiera hacerse a Dios. Al respecto de todo esto, escribió san Juan Crisóstomo: «No encerró el Señor el perdón en un número determinado sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre» (S. Juan Crisóstomo, in Matthaeum 61, 1)

¿Y qué decir de la parábola? En las cantidades perdonadas está la clave para entenderla. Primero hay que entender dichas cantidades. Un denario equivalía a lo devengado por un día de trabajo y un talento equivalía a seis mil denarios. Así que, los diez mil talentos (sesenta millones de denarios) era una cantidad desorbitada, algo imposible de pagar, de ahí que el perdón de tal deuda resulte tan significativo y que el contraste con la deuda que este siervo no quiso perdonar a su compañero (cien denarios) sea algo que no se llegue a entender, ¿si te han perdonado tal deuda, cómo no podías perdonar la de tu compañero esta era ínfima en comparación a la tuya? En esta parábola entendemos la magnitud de la misericordia divina en contraste con la inconcebible dureza de corazón que a veces manifestamos al no perdonar incluso pequeñas ofensas a nuestros hermanos.

UN SIGNO DE ESPERANZA

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo…

Lucas 1, 26-38

La solemnidad del Señor es un anuncio de un signo llamado Cristo. Como todo signo, el significado de tal anuncio tiene que ver con la salvación: «Él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1:21), con la redención: Él cargó con nuestros pecados y nuestro castigo cayó sobre Él, la víctima sacrificada por nuestros pecados (Is 53:5); Él es el hombre verdadero, el hijo de David, realmente humano desde su gestación, para la que el ángel del Señor pide permiso a la Santísima Virgen. Ese signo tiene que ver también con Jesús como camino – «yo soy el camino» (Jn 14:6). Aunque hay muchos significados, todos ellos remiten a una sola persona: al Dios y hombre verdadero que nace del gran misterio de la salvación: Dios y hombre en una sola persona: Jesús, el hijo de María. Este signo es también un signo de contradicción, puesto para que muchos se levanten y otros se levanten (Lc 2:34)

La dinámica de la anunciación sigue dándose: alguien anuncia este gran signo para que la vida se encamine por otros derroteros: presentamos a Jesús. Hay corazones dispuestos a acoger este anuncio y dejar que se geste en ellos Cristo, hay quienes cierran su corazón, pero no por ello el que anuncia desecha a estos corazones. De ahí la importancia del anuncio explícito, paciente y misericordioso.

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NECESIDAD DE CONVERSIÓN

¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo

Lucas 13: 2-3

San Clemente Romano escribía estas palabras en Ad Cotinthios 7,5: «Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él». Desde su misma venida hasta el día de hoy, el tiempo favorable y día de la salvación se repiten. Dios sigue llamando a la conversión y entonces, como hoy Él usa de todos los medios disponibles para hacerlo. En este pasaje bíblico vemos al Señor aprovechando dos noticias desafortunadas y tristes, un accidente y una acción violenta, para dar enseñanza a quienes le estaban escuchando.

La enseñanza consiste en clarificar que aquellos galileos no han muerto como pago por sus pecados, como se solía creer ante este tipo de sucesos. La tentación de imputar a la víctima la culpa del mal que esta padece ha estado y al parecer seguirá estando presente, pero los cristianos hemos de saber que esto no es así, hemos de huir de tal tentación.

Muchos llegan a pensar ante la adversidad que están siendo castigados por sus pecados y los que tienen una percepción de justicia mayor sobre sus propias vidas, quedan aún más heridos y consternados ante el sufrimiento: he ahí la costumbre de buscar causalidad en la víctima del mal padecido. Para aquellas ocasiones en las que sí somos causa del mal sobre nosotros o sobre los demás, el Señor nos invita a la conversión, a remediar tal situación, porque Él sigue llamando, sigue contando con nosotros.

CONFIANZA EN EL HOMBRE VS. CONFIANZA EN DIOS

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será corno un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Jeremías 17:5-10

Duras palabras las del profeta Jeremías que se contraponen a la bendición del hombre que pone su confianza en el Señor.

Viene bien preguntarnos, ¿dónde están puestas nuestras fuerzas? ¿En los poderes políticos? ¿En los poderes financieros? ¿En nuestras pobres fuerzas? ¿En tal o cual persona? No hay nada más errado que poner los cimientos de la vida sobre un corazón humano, pues sabemos muy bien por experiencia qué hay en nuestro corazón. Al respecto sigue diciendo el profeta: “Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá?” Sabemos de dónde viene tal falsedad y enfermedad, es fruto del pecado.

Lo nuestro es escapar de este corazón y dejarnos transformar con el corazón nuevo que Cristo quiere formar en nosotros, pues Él es el único que puede obrar tal milagro ya que es el único que entiende lo que hay en el corazón del hombre. Que su obra se haga siempre en nosotros.

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ACOMPAÑANDO REALMENTE A CRISTO

El Hijo del hombre va a ser entregado… y lo condenarán a muerte…

Mateo 20:18

Mateo nos pone a Jesús subiendo a Jerusalén, Él sabía lo que le esperaba allí y decide apoyarse en sus amigos anunciándoles lo que aguardaba en la ciudad. Se expresó con claridad, no omitió detalle de lo que le pasaría y aún así, no fue suficiente, al parecer. No puedo ni imaginar lo que padeció el Señor sabiendo y viendo ya lo que iba a sufrir. Pero, peor aún, no quiero ni imaginar el dolor que sintió al ver la respuesta de los suyos.

La respuesta que recibió fue un hacer oídos sordos a lo que les acababa de decir y hasta tuvieron tiempo de pedir glorias humanas. El Señor aprovecha para darles una lección sobre dónde reside la verdadera grandeza: en el servicio mutuo. Una de estas formas de servir es escuchar. Muchas personas están viviendo su propia pasión y acompañar realmente a Cristo en el hermano pasa por no solo oír sino por prestar atención, interés y cuidado de sus sufrimientos. Oigamos realmente a Jesús en el anuncio de su pasión en cada hermano que sufre.

SAN JOSÉ: HACEDOR DE LA VOLUNTAD DE DIOS

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Mateo 1: 20-21

El versículo 24 comenta: «Cuando José despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer». Ya no hay dudas, ya no hay temores, Dios ha hablado e incluso, le ha dejado muy clara su misión de padre adoptivo de Jesús: «tú le pondrás por nombre Jesús…» Siempre visto en san José el modelo de hombre servidor de Dios y su voluntad, me gusta verlo así no solo por el dato bíblico sino por quien llegó a ser el hombre Jesús, modelo del hombre perfecto. Y es que nosotros somos por lo general reflejo de nuestros padres, de sus cuidados y enseñanzas.

Se nos indica en la escritura que Jesús empezó su ministerio público a la edad de treinta años más o menos, con lo que concluimos que, vivió la mayor parte de su vida al cuidado de su familia, trabajando junto a su padre y con él, rodeando de afecto a la Madre Santísima. ¿Os imagináis haber sido educados por esta pareja de esposos? Un dato apoya esto que digo y es la verdadera humanidad y desarrollo humano del Señor, pues «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» y esto después de haber estado sujeto a sus padres (cf. Lucas 2:51-52)

Mirando a Jesús, atendiendo a su carácter y forma de tratar a las personas, no es difícil adivinar el fondo del padre con el que humanamente se identificó. Aquel también era hijo de David, hijo de la promesa y del camino que tomó su cumplimiento, el camino de David de Belén. Jesús es llamado también «Hijo de David» en muchos sitios de la escritura.

San José es modelo de cumplimiento de la voluntad de Dios, su misión como padre la recibe directamente del Altísimo por manos de su ángel, y gracias a esta solicitud en cumplir la voluntad de Dios, el Hijo Amado no corrió el riesgo de ser puesto en entredicho o, peor aún, de correr peligro en su vida, la huida a Egipto (Mateo 2, 13-23) para salvar al Niño Jesús, es una muestra de ello. ¡Cuánta responsabilidad tuvo que afrontar este varón de Dios!

Muchas felicidades, finalmente, a aquellos que celebráis vuestro santo el día de hoy. Qué san José interceda por vosotros, «Josés y Josefas».

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