DIME EL CÓMO Y CAMBIARÁ MI VIDA

Pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente, y no me acordaré ya de sus pecados ni de sus culpas

Hebreos 10:16-17

Siempre he dicho que algo falta en la educación en la fe: explicitar el cómo de lo que se exhorta por activa y por pasiva a conseguir, esto los que tenemos suerte de haber contado con una fe que se ha conservado y transmitido fiel y enriquecida en nuestras familias. Sabemos lo que hay que hacer, pero falta el cómo y creo que ahí hay bastante trabajo que realizar. Abajar la teología y los pensamientos elevados e inaccesible para la mayoría y desencarcelar el cómo.

En la mente y el corazón del cristiano existe ese lugar donde cada uno sabe discernir si lo que hace está o no de acuerdo a la vida en cristo; si lo que hacemos está vibrando al unísono con lo que el Señor quiere de cada uno y en su propio estado de vida. Pero el paso a cómo cambiar tal o cual esquema rancio de pensamiento, actitudes, comportamientos, vicios, sentimientos negativos, etc., considero que es lo más difícil, o al menos, así lo percibo al haber hablado ya muchas veces con muchos cristinos.

El Señor perdona nuestras culpas y no se acuerda más de ellas, pero da lástima ver cómo un cristiano parece estar estancado en el mismo comportamiento y, lo peor, consciente de ello, pero sin saber cómo cambiar. Pero más triste todavía es sentir la impotencia de no poder ayudar, porque se sale de nuestro cometido: puedo sostener en el tiempo el hacerle sentir que Dios le ama, pero, ¿qué hago con la culpa que crece proporcional al hecho de saber que Dios le ama? ¿Qué hago con las heridas que le produce un comportamiento, pensamiento o sentimiento que persiste hiriéndole? De ahí mi amor por otras ciencias como la psicología, la antropología, la sociología… son disciplinas que pueden ayudar allí donde la teología general y la espiritual específicamente, no pueden llegar. De ahí mi exhortación constante: tu problema lo has de afrontar desde varios flancos, sostenido por el conocimiento creciente y constante del amor misericordioso y perdonador de Dios.

NOTA: El resumen escrito pertenece al la primera lectura, mientras que la homilía la he hecho sobre el tema «las parábolas».

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LA FAMILIA DE JESÚS

Estos son mi madre y mis hermanos. el que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre

Marcos 3: 35

Creo que no tengo que insistir mucho en el contenido profundo de este pasaje. La respuesta de Jesús nos indica algo muy claro: la persona que cumple la voluntad de Dios adquiere un parentesco con Él aún más estrecho y significativo que aquel que viene dado por los lazos de sangre.

Al escuchar la respuesta de Jesús a quien le trae el recado, pareciera que hace un menosprecio a su Madre, pero nada más lejos de esto, al contrario, nos está diciendo que la Santísima Virgen es el modelo de escucha de la palabra, de atención solícita a la voluntad de Dios, ella es el modelo de lo que serían más tarde los discípulos de Jesús. De ahí que se realce su condición de discípula de Cristo que su propia maternidad, ya que esta precisamente queda realzada, elevada, en la maternidad virginal nacida primero en su corazón lleno de fe y de amor al Padre.

Aunque este sea un espacio más homilético que exegético, permitidme decir algo sobre «los hermanos de Jesús». Nosotros confesamos la perpetua virginidad de María, pero en el Nuevo testamento este término «hermano» aparece en varios pasajes (Mc 3:31; 6:3; 1Cor 9:5; Gá 1:19) La Iglesia siempre ha interpretado estos textos en el sentido de «parientes cercanos» y se usa el término «hermanos» porque el idioma arameo carecía de un término apropiado para designar el concepto de «primo». Para apoyar esto, en Mateo 13:55 se nos menciona a Santiago y José, «hermanos de Jesús», pero estos eran hijos de «la otra María» (Mateo 28:1) (Catecismo de la Iglesia Católica, n.500)

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EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO

En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Marcos 3:28-30

¿En qué consiste el pecado contra el Espíritu? La teología nos indica que se trata de una oposición a la naturaleza de la misión de Jesús: Él ha sido enviado por Dios Padre cuya voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pero el hombre puede negar como en el caso de este pasaje, el mesianismo de Jesús, su obrar con el dedo de Dios, es decir, con su poder, con el poder del Espíritu Santo. Negar esto y, además, atribuir una causalidad demoníaca en las obras del Enviado, es ir ya en contra de la voluntad nueva de Dios sobre aquellos a quienes llama a una comunión de vida.

El Señor Jesús desmonta desde la lógica sus argumentos: ¿Cómo puede estar Satanás dividido contra sí mismo? ¿Cómo puede el Padre de la Mentira, hablar la verdad de Dios? ¿Cómo puede el autor de tanto mal pasar haciendo el bien? Es un contrasentido, un absurdo, además de un pecado contra el que no se puede hacer nada, ya que es la negación libre y voluntaria del obrar de Dios en la vida.

¡Cuidado! Hoy podemos encontrar formas de pensar parecidas en aquellos que expresan, a veces muy a la ligera: «Este o aquel mal es voluntad de Dios», «Así lo ha querido Dios», «Si Dios me manda este mal, lo podré soportar»… Semejantes afirmaciones lo que vienen a decir es que Dios actúa movido por el mal, lo cual es totalmente falso y absurdo en sí mismo. Otros dicen: «Dios no puede perdonarme o perdonarle esto», «esto no tiene perdón de Dios»… afirmaciones que parecen limitar la omnipotencia y omnisciencia de Dios. Si creo que Dios «no puede» perdonarme y obro consecuentemente con lo que pienso, entonces el amén está servido: así será, así lo propiciaré yo mismo, cerraré las puertas al obrar de Dios en mí y conmigo.

Que el Señor nos ayude a no pecar nunca contra el Espíritu Santo. Que nos dejemos amar y que nunca demos a nadie por perdido, mucho menos a nosotros mismos.

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LÁMPARAS EN LO ALTO.

No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír que oiga

Marcos 4:21-25

Sería absurdo ocultar la luz cuando está se necesita. Si hay luz lo suyo es dejarla brillar. Lo mismo, si en lo escondido, allí en lo más íntimo de la conciencia, nos encontramos con el Padre que ve en lo secreto, es para que se descubra, para que salga a la luz, pues lo suyo es que de la abundancia de lo que hay en el corazón, hablen los labios.

El cristiano posee La Luz, Cristo, Luz del mundo, lo suyo es que esa luz se manifieste, brille ante el mundo con amabilidad y dulzura; con generosidad y entrega de sí mismo; ardiendo, cuan fuego que calienta e ilumina.

Pidamos, pues, que esa Luz se acreciente en nosotros para que encendamos el mundo en el fuego ardiente del amor de Dios.

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SERVIDORES DE LA PALABRA

biblia - Robinson Tobón

Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos lo transmitieron los que fueron testigos desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra.

Lucas 1, 1-4

La llamada esencial que Dios hace al hombre es la de la escucha: Escucha, Israel y este escuchar es un escuchar muy concreto: Su dabar, Su palabra. Y, como nos los recuerda el Santo Magisterio de la Iglesia, la palabra de Dios, el logos: de Dios, es nuestro Señor Jesucristo:

El Logos indica originariamente el Verbo eterno, es decir, el Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial a él: la Palabra estaba junto a Dios, la Palabra era Dios. Pero esta misma Palabra, afirma san Juan, se «hizo carne» (Jn1,14); por tanto, Jesucristo, nacido de María Virgen, es realmente el Verbo de Dios que se hizo consustancial a nosotros. Así pues, la expresión «Palabra de Dios» se refiere aquí a la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho hombre.

Exhortación Verbum Domini, n. 7

Por tanto, tengamos en cuenta este dato esencial, porque aquí de lo que se trata es, más que de una respuesta física, de un seguir, pues la Palabra de Dios que se nos ha manifestado, pide una respuesta y esta no puede ser más que una respuesta de adhesión libre de la voluntad, un sí dado con todo el ser, que implique la totalidad de la persona: Este es el verdadero itinerario de la escucha. Sabéis que la respuesta física auditiva no es la única vía para prestar el asentimiento a la Palabra. Me gusta mucho este pasaje que estamos comentando porque habla de «ser testigo ocular» y «servidores de la palabra» (servidores del Mensajero y del Mensaje).

Recuerdo en el encuentro nacional de personas sordas y sordociegas de hace un par de años el testimonio de una chica sorda y ciega. ¡Con cuánto amor y sencillez se expresaba de su Señor, de su «amado Jesús!» Usaba la Lengua de Signos Española, una verdadera sierva de la Luz en medio de la oscuridad de sus ojos; una verdadera voz en el silencio de sus manos que volaban libres y llenas de unción.

Que el Señor nos ayude a ser testigos oculares y servidores de su Palabra, hecha carne para nuestra salvación y felicidad.

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CONVERSIÓN DE SAN PABLO

«El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados.»

Hechos de los Apóstoles 22:14-15

Ananías le reveal a San Pablo el fin de su elección, un fin que, se podría resumir: “Dios te ha elegido para que compartas su vida divina, para que seas su amigo; para que seas feliz”.

Dios lo ha elegido:

  • Para conocer su voluntad
  • Para ver y oír la voz de Jesucristo a quien estaba persiguiendo
  • Para ser testigo de aquello que ha visto y oído.

Podríamos cada uno de nosotros revisar estos tres puntos y ver si se cumplen en nuestra propia existencia. Dios nos ha elegido en la persona de Cristo antes de crear el mundo (Efesios 1:3-6). Todo empieza por una elección, por un paso que da Dios viniendo a nuestro encuentro. Después, ese encuentro propicia un conocimiento, una relación de dos personas: Cristo y cada uno de nosotros. Así, la dinámica de la amistad está presente e, igualmente, la dinámica del don y del amor. El conocimiento de la voluntad de Dios pasa necesariamente por el encuentro con Él, ¿cómo conocer su voluntad sin relacionarnos con Él en ese espacio hermoso de encuentro llamado oración? Sería como decir que tengo un amigo muy querido del que apenas conozco aspectos de su vida, lo que le gusta, lo que no le gusta, etc.

Cuando se da esa relación de cercanía con el Maestro, vemos su obrar en nuestra vida. ¡Es increíble, pero se ve, se nota cuando el Señor está en la vida de alguien obrando verdaderos milagros! Oímos su voz y en ella descubrimos lo que quiere que hagamos, descubrimos su voluntad. Y no solo en la Liturgia de la Palabra, aunque de modo principal e inigualable el Señor nos hable allí, sino que, además, vemos cómo Dios sale a nuestro encuentro y nos habla en la vida del día a día a través de tantos profetas que nos envía. Cuando vamos completando esta dinámica de ser elegidos, conocer al Señor, ver sus obras y oír su voz, se va llenando nuestro corazón de agua limpia, como un torrente que salta para la vida eterna (cf. Juan 4:10-15)

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SACERDOTES DE CRISTO

«Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»

Salmo 109

Hace algunos días celebré un bautizo en el que pregunté a los asistentes si ellos eran sacerdotes como yo. Si vierais las miradas perplejas y las sonrisas de duda… “Es una pregunta con trampa”, les dije. “Sois sacerdotes como yo en tanto que habéis sido bautizados y todos participamos del sacerdocio único de Cristo”. Pero, a modo de “sacerdote ministerial, sí que hay una diferencia: Dios elige de entre sus sacerdotes en Cristo quien le sirva de forma exclusiva en los hermanos, como ministros consagrados o como religiosos o religiosas.”

En no pocas ocasiones se me ha planteado por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes ministeriales, “curas”, yo suelo responder que por la misma razón por la que no puedo consagrar churros y chocolate, asistir al matrimonio de un perro y su amo, absolver un bello poema que alguien venga y a recitarme… en definitiva, la forma y la materia del sacramento no la ha inventado la Iglesia, ha sido instituida por Cristo.

La Iglesia tiene la tarea de custodiar este depósito de fe y costumbres, y, ante todo, de vigilar que lo que hemos recibido sea transmitido intacto a las generaciones venideras. Pero, al parecer, se ha ido diluyendo en el tiempo el sentimiento de corresponsabilidad en la tarea sacerdotal de todos los cristianos y más por desconocimiento que por mala voluntad; lo básico de esa función sacerdotal común, ha dejado de entregarse a generaciones enteras, poniendo en riesgo tanto la comprensión como la praxis de la vida en Cristo.

Pese a todo lo anterior, estoy persuadido de que el Espíritu Santo sopla donde y como quiere. Toda esta crisis lo que pone de manifiesto es que Dios sigue actuando, sigue llamando. Soy optimista, con el optimismo de quien espera en Dios. Y bueno, viendo los frutos cada día, no puedo más que dar gracias al Señor, por ejemplo, por dos personas que han pedido el Bautismo y están en pleno proceso de formación y por los niños que también tomarán en breve este sacramento como paso previo a su Primera Comunión. Y el mío es un optimismo compartido por muchos hermanos, no es algo iluso o etéreo, sino fundamentado en la fe en Cristo que está vivo y actuando en medio de su Iglesia. Que Él nos asista en nuestra función sacerdotal, en el manejo de las cosas sagradas confiadas en nuestras manos, especialmente, nuestra propia vida.

SAN VICENTE

Santo Mártir - Robinson Tobón

Hay dentro de mí Otro a quien nada ni nadie pueden dañar; hay un Ser sereno y libre, íntegro y exento de dolor. Eso que tú, con tan afanosa furia te empeñas en destruir, es un vaso frágil, un vaso de barro que el esfuerzo más leve rompería. Esfuérzate, en castigar y en torturar a Aquel que está dentro de mí, que tiene debajo de sus pies tu tiránica insania. A éste, a éste, hostígale; ataca a éste, invicto, invencible, no sujeto a tempestad alguna, y sumiso a sólo Dios.

Diálogo de San Vicente, Diácono, con sus torturadores.

Los que me conocéis sabéis que esto de la vida de los santos me lo he ido tomando poco a poco, pero a paso firme. Y la verdad, lo que he leído sobre san Vicente me ha dejado impresionado. Estas palabras con las que he empezado, son todo un testimonio de un alma ardiente de amor a Cristo y, además, con los pies bien en la tierra. Como la santa mártir que ayer celebrábamos, santa Inés, este santo entregó su vida en testimonio por el Señor durante la persecución del emperador Dioclesiano, año 303. Lo que no sabía este emperador es que sus obras eran además de inútiles, necias, vanas, totalmente vanas… desde su perspectiva. Porque desde la otra orilla de los que fueron perseguidos y dieron testimonio de su fe derramando su propia sangre en medio de padecimientos, las obras del emperador eran vida, eras preparadas donde la semilla de la sangre derramada florecería.

Esto es una constante, se repite y se seguirá repitiendo: allí donde haya un cristiano cuya esperanza esté delante como un ancla segura y firme (Cf. Hebreos 6, 10-20), está asegurado un fermento, una poca medida que sirve para fermentar toda la masa (Gálatas 5:9), pero en este caso, en positivo, haciendo que surja más cristianos, que fundados sobre roca firme, vayan construyendo la Iglesia de cada siglo.

Queridos amigos: el martirio seguro que también lo estás viviendo. Mira, cada vez estoy más persuadido que no se trata tanto de pasar grandes tormentos como los que pasó este hombre de Dios cuya memoria celebramos hoy, sino que más bien el martirio tiene que ver con lo que tú y yo tenemos que vivir día a día al enfrentarnos a esos tipos de mal que alguna vez perfilamos aquí: los males físicos, morales o naturales. El martirio podemos concebirlo entonces desde la esperanza, y aquí podemos asegurar que comparte lugar de partida con la fe, aunque sean miradas distintas. La mirada de la fe, fundada en la esperanza, mira con gozo esperanzado a su Dios providente, justo y misericordioso. La mirada del mártir, es también una mirada esperanzada desde el dolor que se entiende como lo más verdadero y realmente propio para ofrecer al Dios providente, justo y misericordioso. Así, no se trata de grandes o pequeñas persecuciones, problemas, dolores, etc., sino más bien de la mirada que seamos capaces de lanzar en cada momento. Que Dios nos bendiga y que seamos capaces de ofrecer nuestro propio sacrificio cotidiano junto con sus alegrías y dolores.

(Os dejo el enlace a esta página, una de las que leí para empaparme un poquito de la vida de San Vicente: http://es.catholic.net/op/articulos/35471/san-vicente-dicono-y-mrtir.html

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EL TESORO DE SANTA INÉS

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.» (Mateo 13:44-46)

 

Hoy celebramos a Santa Inés, virgen y mártir. Vivió desde el 291 al 304. En su tierno corazón hizo el propósito, como la Virgen María, de guardar su ser en virginidad para Cristo, en quien halló su más grande tesoro. Muchos chavales la pretendieron, pero todos recibían la misma respuesta: su corazón ya tenía dueño. Uno de estos chicos resultó ser el hijo de un importante personaje Romano que, al verse rechazado, denunció ante su padre a la pequeña Inés. Fue condenada a vivir, según tradición memorable, en un prostíbulo, y, pese a tal situación, su virginidad fue preservada a través de signos admirables. La tradición cuenta que, un hombre que quiso verla desnuda, quedó ciego e Inés rezó por él. Los ojos de aquel hombre sanaron.

Más allá de la anécdota, está la enseñanza de saber dónde tenemos anclado el corazón, dónde están puestas nuestras esperanzas y cuáles son nuestras prioridades. ¿Es el Señor el primero en mi vida?

La virginidad es un asunto hoy en día tabú, mal visto, propio de gente insana y retrógrada… pero mira, querido lector, conozco el caso de un padre con un hijo de la edad de Santa Inés: 13 años. Dice que entró a la habitación de su hijo y, sin querer, vio que alguien le escribía. Lo tomó y lo abrió: una chica de la misma edad preguntaba a su hijo si este era virgen. Y este padre vio como su hijo le respondió: «¡Yo sí. Es que acaso tú no!» ¡Cuán grande la alegría de este padre curioso! Que santa Inés interceda por nosotros.

 

Injuria sería para mi Esposo que yo pretendiera agradar a otro. Me entregaré solo a aquél que primero me eligió. ¿Qué esperas, verdugo? Perezca este cuerpo que puede ser amado por ojos que detesto.

Últimas palabras de Santa Inés
 
 
 

«HACED AQUELLO QUE ÉL OS DIGA»

«María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone ‘en medio’, o sea, hace de medidadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede – más bien ‘tiene el derecho de’ – hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres.» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n.21)

Habría que destacar tres aspectos fundamentales de la lectura del Evangelio de hoy. El primero, tiene que ver con el simbolismo rico y fecundo de la presencia de Jesús en las Bodas de Caná. El segundo, muestra a la Madre de Jesús iniciando su obrar intercesor por los hombres ante su Hijo. Y el tercer aspecto pone el acento en la institución del matrimonio, en la bendición de la familia con la presencia del Señor en aquel contexto. Aunque deseo centrarme en el segundo aspecto, comentaré un poco los otros dos.

En cuanto al simbolismo que vemos en este pasaje, la versión original habla de el comienzo de los signos, más que de los milagros. Se refiere pues a actos que tienen un significado que hay que saber desentrañar y que la Iglesia nos va mostrando conforme los ha ido entendiendo a lo largo de los siglos. Uno de ellos es el vino. En la tradición bíblica ha significado siempre la alegría. El vino se ha agotado, no tienen vino, es decir, la Antigua Alianza ha acabado y da paso a la Alianza nueva y eterna en la persona del Hijo. En Él todas las cosas se renuevan, se recrean, a partir del agua que cada hombre ha de traer del pozo en compañía de sus hermanos, el agua del Bautismo que salta en cada uno hasta la vida eterna (Juan 4:14)

El Señor usa el agua para convertirla en vino y usa el amor del hombre y la mujer como la base de su bendición: este vino nuevo es por ellos, para ellos, para santificarlos en familia y para hacer de ellos una unión indisoluble, signo y base en el mundo de su amor por ese nuevo pueblo surgido del vino nuevo, son los odres nuevos que contendrán el vino nuevo (Mateo 9:14-17). ¡Qué gran misterio es este! ¡Que los esposos comprendieran el gran don que poseen…!

Más allá de estos dos puntos, está María. Si el Hijo inaugura la era del Mesías, la Nueva Alianza, María se ubica de inmediato en el escenario como la intercesora entre Jesús y los hombres; ella se da cuenta de las necesidades y carencias de los hijos y presenta estas a su Hijo. Es hermoso constatar cómo María está presente a lo largo de la vida y ministerio de Jesús, pero mucho más saber que, al comienzo de Su ministerio (Bodas de Caná) y al final de su vida (junto a la Cruz) ella ha sido pieza clave y fundamental de la Iglesia de Cristo. El Nuevo Pueblo la tiene como Intercesora y como Madre. Caná de Galilea y Cruz: ella es el Paréntesis Dorado que encierra la bella obra de la salvación de Cristo. ¿Cómo no amarla y venerarla? Que ella interceda por nosotros también esta semana.