LA VOLUNTAD DEL PADRE

«Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Juan 6, 40

La primera lectura de hoy nos habla de la dispersión de los discípulos y nos presenta la figura de Felipe (Hch 8,1b-8) Me llama la atención la presencia central y fundamento de las obras que hacían los discípulos en nombre del Señor: el testimonio de los signos es crucial para que se encendiera la fe en los discípulos.

En el Evangelio Jesús nos revela la voluntad del Padre: nuestra salvación, la posesión de la vida eterna: que todo el que ve al hijo y cree en el tenga vida eterna, por tanto, ¿dónde vemos a Jesús para poder creer en Él? La respuesta es clara: en cada cristiano, en los signos que hace de parte del Señor. Vemos al Señor en todos los ámbitos a los que ha querido ligar su presencia. En primer lugar, en la Eucaristía, allí su presencia es real y substancial, cuerpo, alma y divinidad, todo Él se hace pan y vino para ser nuestro alimento. En segundo lugar, en las obras de la Iglesia, formada por cada uno de los bautizados. Ojalá que sepamos dar el testimonio de vida debido, para que muchos puedan ver en nosotros al Señor y creer así en Él.

PAN DE VIDA

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.» Juan 6, 30-35

En este fragmento del Evangelio Jesús habla claramente: él es el pan de vida. La Escritura dice que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra hecha carne y queda claro así que quien lo come vivirá comer de este pan significa ir a Él, de ese modo, El hambre del hombre será totalmente saciada.

Él es la fuente viva y ríos de agua viva fluyen para el creyente. La sed queda calmada totalmente al creer en Él, así, la fe, el creer, calma nuestra sed.

Se muestra una relación intrínseca entre ir a Jesús y creer en Jesús; entre creerle a Él y creer en Él.

En la Eucaristía encontramos estas dos líneas, pues creemos a Jesús cuando escuchamos y atesoramos su palabra proclamada y vamos a Jesús cuando nos acercamos a comulgar. Señor, auméntanos la fe.

ALIMENTO QUE PERDURA

«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»

Juan 6,22-29

Lo más triste es que lleguemos a ser cosificados, que la gente nos busque solo por el interés de obtener algo; ser tenido en cuenta solo por lo que puedan sacar de nosotros. El utilitarismo está a la orden del día, es una triste realidad que afecta más el corazón humano cuánto más pierde de vista la condición intrínsecamente digna y de un valor sobrenatural de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.

Cristo sufrió este sentimiento: también él se siente buscado solo porque calmó una necesidad básica: sació a los que tenían hambre porque tuvo compasión de ellos.

Los signos no dicen nada, solo un problema resuelto, eso es lo que importa, que Dios resuelva nuestros problemas.

Si bien es cierto que pedir a Dios lo básico para vivir dignamente es un deber de humildad, lo es también el hecho de que solo pedir o buscar a Dios solo cuando tengo necesidad, es un acto bastante bajo, indigno de hijos amados.

Dios es Padre Providente, busquémosle también y sobre todo cuando las cosas van bien. Que nuestra acción de gracias sea una constante y solo así no actuaremos de forma utilitarista con Dios.

ME VOY A PESCAR

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Juan 21, 3

En este episodio, vemos a unos discípulos regresar a sus antiguos quehaceres, como si no hubieran entendido la empresa a la que estaban destinados: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19) Esta llamada hecha a los hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, es también una llamada para todos y cada uno de nosotros como Iglesia de Dios. Es una llamada que abarca toda la vida de la persona y que hace que lo dejemos todo para ir en pos de Aquel que ha seducido nuestro corazón: Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir (Jr 20, 7)

Me gusta ver este episodio como un refuerzo de aquella primera llamada. Sin Cristo, la pesca no tiene ningún resultado. Por Cristo, con Él y en Él, las redes están repletas: la faena puede ser la misma, pero el resultado es muy diferente. Su pesca era de otra índole: aquellos hombres rudos llegaron a ser el fundamento de la Iglesia y son hoy un punto de referencia sin el cual no nos entenderíamos a nosotros mismos. ¡Qué paciencia la del Señor hasta que por fin logran entender su misión!

Y nosotros, ¿qué redes tenemos que soltar en nuestra vida, para emprender en verdad la misión a la que Dios nos ha llamado? ¿Logramos entender nuestro quehacer como la pesca a la que el Señor nos ha mandado? Pidamos a Jesús que nos ayude.

YO SOY EL CAMINO

Jesús le responde: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí

Juan 14, 6

Tomás le lanza una pregunta a Jesús: ¿Cómo podemos saber el camino? y el Señor le responde mucho más allá de lo que le está preguntando: Él es el camino. Esto significa que, lo oculto de Dios, lo prometido por Dios, la vida divina tienen acceso en Jesucristo, que, al hacerse hombre, abre el camino al hombre para que vaya a Dios y de manera gloriosa, su costado abierto en la Cruz derramando los sacramentos y la vía de la Iglesia, inaugura un nuevo camino perenne en la historia, el camino de su Cuerpo que es la Iglesia.

Él es la verdad, porque, como nos dice el texto de hoy, quien lo ha visto a Él ha visto al Padre, ya que está en el Padre y el Padre en Él. Todas las antiguas promesas han tenido cumplimiento en el Hijo mostrando de ese modo la veracidad de Dios, su fidelidad y verdad para su pueblo. Es verdad también en el sentido estricto de lo anunciado y enseñado por Jesús: en Él hemos aprendido y tenemos el modelo de lo que es ser verdaderamente hombres y mujeres nuevos y, gracias a sus enseñanzas, hemos crecido a lo largo de la historia como aquellos que poco a poco construyen en cada época, el pueblo de Dios.

Finalmente, es vida, porque en Él hayamos la fuente de la vida, Él es el que anima este cuerpo eclesial que todos formamos mediante la efusión del Espíritu Santo que nos acompaña. Cada miembro de este Cuerpo experimenta en sí mismo el aliento de Dios que le permite avanzar a través del propio desierto y los mares revueltos de cada cotidianidad y circunstancia. Él es la vida en el sentido amplio de la palabra, ya que Jesús es sinónimo de vida eterna, de gozo perpetuo, Él es nuestra esperanza de seguir viviendo aún después de la vida, porque hemos resucitado con Él.

TODO LO HA PUESTO EN SU MANO

El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano.

Juan 3, 34-35

El texto de hoy inicia con una contraposición entre el que es de la tierra y el que viene del cielo. Claramente alude a San Juan el Bautista de quien viene hablando y Cristo mismo. San Juan no puede dar más testimonio que lo que ha oído y visto en la tierra, mientras que el que viene de lo alto está por encima de todos y de lo que ha visto y ha oído da testimonio (v.31, 32) Con esto claramente apunta a su ser preexistente a toda la creación, a su condición de Dios.

Desafortunadamente, este testimonio no es aceptado por todos, aunque quien lo hace, da testimonio de la veracidad de Dios. Jesús como testigo de la verdad de Dios posee la plenitud del Espíritu, por ello lo da sin medida, ya que todo es suyo y el Padre lo ha puesto todo en sus manos.

Finalmente, el versículo 36 nos habla de las consecuencias tanto de creer como de no creer: la vida eterna y la ira de Dios. Con lo anterior queda claro que la vida eterna consiste en Cristo: Él es la vida eterna, el nos manifiesta lo eterno y nos revela la eternidad junto a Dios, nos muestra a Dios mismo. Creer en Él es gozar y vivir ya la vida eterna. Ahora bien, la ira de Dios, concepto judío con el que interpretaban el castigo de Dios para los rebeldes, queda cancelada, ya no por el cumplimiento de la Ley, sino por el creer en Cristo, hemos sido cubiertos por su Sangre y el peso de la ira que nos tocaba, lo cargó Él sobre su espalda: Él nos ha librado de la ira. Y queda claro, pues, que quien no acepta este sacrificio, la ira de Dios pesa sobre él.

Pero, más allá de la vida eterna, del cielo, del premio o del castigo, de la ira, etc., está una persona maravillosa que, cuando la conoces, estableces una relación de verdadera amistad, junto a la cual da gusto estar, tan amada, que estás dispuesto a todo por ella. Esa persona es Jesús, vida eterna, Hijo de Dios, salvación, Señor, juez… pero, ante todo y sobre todo, amigo.

TANTO NOS HA AMADO

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna

Juan 3, 16

Este versículo podría considerarse el resumen de todo el misterio de la salvación. Nos enseña cuan grande es el amor de Dios para nosotros y cómo tal grandeza es mostrada en el don de su propio Hijo con un objetivo concreto: la salvación y que tengamos vida eterna. No hay mayor don de amor que este.

La entrega del Hijo viene a iluminar la vida de cada hombre, pues Él es la luz (Jn 1, 4) y ante este don, como ante cualquier don que se nos ofrece, caben dos posibilidades: aceptar o rechazar el don, y hacerlo de una u otra manera, depende de la actitud moral con la que la persona se acerca y de la mirada de fe que se haya encendido o no en su interior, es lo que san Juan llama obrar la verdad.

Cuando en el verso veinte dice: todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras, se refiere, precisamente, a la molestia que se percibe cuando la conciencia acusa por hallarse contrapuesta a la luz, ya que esta reclama de suyo una adecuación a lo luminoso, la luz llama a la conversión. Esto es diferente de obrar la verdad: aquí no se huye, aquí se afronta la verdad de nuestros actos y todos los fantasmas interiores que la luz pueda haber hecho salir. Así, el hombre toma la senda difícil, pero liberadora del cambio y se convierte en hijo de la luz (1 Tes 5, 5) Pidamos al Señor que seamos siempre hijos de la luz e hijos del día.

NUEVO NACIMIENTO

No te extrañes que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

Juan 3, 7-8

En este interesante diálogo con Nicodemo, el Señor nos revela datos muy interesantes y esclarecedores sobre nuestra propia condición de bautizados. Habla, primeramente, de los dos nacimientos, el espiritual y el carnal; el del agua y el Espíritu y aquel que se da por la participación del hombre; el nacimiento de lo alto y el nacimiento desde lo terreno. Con estas antítesis se perfila ya en qué consiste ese nuevo nacimiento que se da en todos nosotros cuando somos bautizados y nacidos de esta manera a la vida del espíritu y a la nueva condición de hijos de Dios y de la Iglesia.

Nacer al Espíritu, al viento que sopla donde quiere, es nacer a la verdadera libertad, pues Cristo en la Cruz nos ha liberado de la mordedura del pecado (Nm 21, 8-9; Jn 3, 14-15) ya que, para la libertad nos ha liberado Cristo (Gál 5, 1) Y, con Nicodemo preguntamos ¿cómo puede suceder esto? El Señor lo explica claramente: estos asuntos solo se ven con los ojos de la fe y desde lo que se ha experimentado, pues hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto (v.11) De ahí que existan personas a quienes los asuntos espirituales les parezcan cuentos de hadas, pensamientos bonitos de hombres y mujeres ilusos, de ahí que el Señor expresara: Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? (v.12)

Demos, pues, gracias a Dios por el don de la fe y por la posibilidad de creer y pidámosle que seamos esos hijos renacidos en los que nos ha convertido el santo Bautismo que una vez recibimos.

MI YUGO ES LLEVADERO

Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Mateo 11, 29

La acción de gracias de Jesús deja ver el fondo de su corazón, los sentimientos más profundos que se puedan expresar. El Señor se centra en lo positivo: son muchas las personas humildes y sencillas que creyeron en Él y son ellas la base de la Iglesia, esta no se funda sobre la soberbia y la altivez de los sabios y entendidos, sobre el engreimiento de los llenos de sí mismos, sino sobre la sencillez y la humildad. Lo negativo, los que no creyeron en Él, aquellos que lo rechazaron, no cuenta para Jesús: su acción de gracias se dirige al Padre por aquellos que creyeron a sus palabras.

Después el Señor manifiesta el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo y cómo el conocimiento por parte de los sencillos es obra del querer del Hijo al cumplir la voluntad del Padre: Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (v.26) La revelación del Hijo es conocer al Padre y quien conoce al Padre, conoce también al Hijo.

Pero no se trata tan solo de un conocimiento intelectual, sino de un encuentro, por eso, en tercer lugar, invita a que vayamos a Él, especialmente cuando estemos pasándolo mal, cansados y agobiados. La consecuencia de este encuentro es el descanso para nuestras almas, ya que la ley de Cristo libera, otros yugos que nos pone el mundo, esclavizan: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (v.30). Reconocemos entonces que más que un encuentro intelectual, se trata de un encuentro real con el Emmanuel que nos conoce y con el Dios vivo que nos libera.

MISERICORDIA QUE PERDONA

Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Juan 20, 19-31

El Evangelio de hoy nos narra la primera aparición del Señor al grupo de los Apóstoles y la misión que les confiere al soplar sobre ellos el Espíritu Santo: el poder de perdonar pecados, al respecto dice el Concilio de Trento: “El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo… Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo” (Conc. de Trento, De Poenitentia, cap. 1)

La Penitencia es el lugar donde más brilla la misericordia Divina: el momento en el que son perdonados nuestros pecados, no en virtud del sacerdote, sino de la misericordia y la potestad de Dios en él. El sacerdote es el mediador de esta gracia, pero es Jesús mismo el que perdona a través del ministerio confiado a la Iglesia, de ahí la importancia que acudamos a dicho sacramento. ¿Cómo hemos de confesar nuestros pecados? Con un corazón arrepentido y con el firme propósito de cambiar las situaciones de pecado que nos han llevado a buscar el perdón. También es necesario creer que Dios nos perdona y esto implica ser capaces de reconciliarnos también con los hermanos y con nosotros mismos: Perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Que la gracia del Espíritu Santo inunde nuestra vida y seamos capaces de reconocer la importancia de tan grande sacramento: la Penitencia.