EXHORTACIÓN A LA VIGILANCIA

Tened ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Lucas 12, 32-48

La invitación a la vigilancia es una constante en la predicación no solo del Señor sino de los Apóstoles. La principal razón es que el enemigo anda como león rugiente buscando a quien devorar (1Pedro 5, 8), de ahí la exhortación a orar sin desfallecer y a tener fortaleza de fe.

¿Qué significa tener la cintura ceñida? Significa no bajar la guardia, estar alerta y preparado, como los judíos que se ceñían sus vestidos a la cintura antes de emprender un trabajo o un viaje. Así mismo, tener las lámparas encendidas indica que se está esperando a alguien, un estado de vigilia.

¿Cómo debe de ser esta vigilancia? El Señor nos pone luego dos comparaciones de cómo debe de ser esta vigilancia: como el criado que espera a su amo o como el dueño que espera el ladrón. En ambos casos se sabe que el otro va a venir y que en ese encuentro se decide su futuro. Un aspecto interesante e impensable para la época, es el hecho de que el señor se ponga a servir al siervo que lo espera despierto, pero esta es la actitud de Cristo ante el que aguarda con amor a su venida.

UNA FE GRANDE

No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos… Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Mateo 15, 21-28

El Evangelio de hoy nos presenta un ejemplo de fe grande: una mujer que tiene conciencia de no pertenecer al pueblo de Israel y sin embargo va detrás de Jesús pidiendo lo que tan desesperadamente desea para su hija. Sabe que no es digna, y aún así insiste con la perseverancia de quien sabe detrás de quién está. Se trata de una extranjera audaz que no dudó ni un instante en pasar por inoportuna con tal de alcanzar del Maestro aquello que deseaba.

Esta mujer es un gran ejemplo de oración perseverante a pesar del conocimiento de la propia indignidad y pobreza delante de Dios. Muchos hay que oran pero no con esta actitud de corazón que mostró la mujer sirofenicia. Orar es fácil, hacerlo con esta insistencia, no tanto, ya que cada vez más tendemos al control, a lo inmediato, a desanimarnos si no vemos resultados. San Juan María Vianney escribió en relación a este tema: Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso, no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos. (Sermón sobre la oración)

Que el Señor nos ayude a tener la perseverancia de fe en la oración de petición tal como nos enseña la mujer sirofenicia.

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.

Lucas 9, 28b-29

Fiesta de la Transfiguración del Señor, en la que Jesucristo, el Unigénito, el amado del Eterno Padre, manifestó su gloria ante los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, con el testimonio de la Ley y los Profetas, para mostrar nuestra admirable transformación por la gracia en la humildad de nuestra naturaleza asumida por Él, dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo (elog. del Martirologio Romano)

Según estas palabras, el objetivo de la Transfiguración era mostrar nuestra admirable transformación por la gracia en la humildad de nuestra naturaleza asumida por Él. En Cristo nuestra naturaleza humana queda transformada, sumida en otra condición, la que perdió por el pecado de Adán, se trata de un volver a empezar, de la posibilidad de ser nuevas criaturas en Cristo, pues en su Transfiguración Cristo estaba dando a conocer la imagen de Dios, conforme a la cual fue creado el hombre, y que, corrompida en Adán, fue renovada por Cristo.

Conocido el objetivo de la Transfiguración, quisiera llamar tu atención, querido lector, sobre dos aspectos que me parecen importantes: el primero tiene que ver con la puerta de la Transfiguración: la oración, y, el segundo, con el hecho de la Transfiguración hoy.

La oración es la puerta de la Transfiguración. Si leemos con atención, Jesús se retira a una montaña con el objetivo de hacer oración y es en medio de esta que se transfigura delante de los discípulos. La oración antecede pues a la Transfiguración y este hecho ha de ser para nosotros muy significativo y relacionado con el segundo punto: la Transfiguración hoy. Ante el encuentro propiciado por la oración, el alma del creyente se transfigura, porque la promesa de la morada de Dios en nosotros, adquiere toda su plenitud. El creyente uniéndose a su Señor se une también a su Transfiguración, empieza a manifestar el designio primigenio de Dios sobre cada uno y, poco a poco, va configurándose con Cristo, imagen de Dios. Así, la Transfiguración no es un hecho del pasado sino que es una constante en la vida de la Iglesia, en el corazón de cada uno de sus miembros. Que el Señor nos conceda reflejar la imagen de su Hijo transfigurado en nuestras vidas.

¡Ojalá me escuchaseis, Israel!

...y tus manos dejaron la espuerta...

Oigo un lenguaje desconocido: Retiré sus hombros de la carga y sus manos dejaron la espuerta.

Salmo 80, 6b-7

«El salmo presente es un precioso testimonio del sentido religioso de las fiestas de Israel, en cuanto que deben ser una fuente de alegría una afirmación rotunda de la soberanía de Dios, el Dios único. Como fuente de alegría, porque toda fiesta religiosa encierra, en último término, el misterio del comportamiento bienhechor y salvífico de Dios para con el hombre; como afirmación de la soberanía de Dios, porque el Dios que salva es el Dios único, el único capaz de exigir en exclusiva el tributo de obediencia y reverencia del hombre: Yo soy el Señor, tu Dios.

Y en realidad, lo exige, porque nadie puede servir a dos señores (Mt 6, 24), a Dios y al Diablo, o, dicho de otra manera, todo pecado, es una suerte de idolatría en la que se sustituye al Dios único por el propio capricho. Toda fiesta cristiana debería hacernos recapacitar, para tomar conciencia de la necesidad que siempre tenemos de conversión interior, hasta dejar que Cristo tome plenamente el timón de nuestra vida. Más aún, hasta dejar que Cristo viva en nosotros su encarnación, su vida, sus virtudes: Vivo yo; pero ya no soy yo, sino que es Cristo el que vive en mí (Gal 2, 20) » (Collantes J. S.J. 1988, La oración de los salmos, Granada, España. Edapor, p.270)

¡GUARDAOS DE LA CODICIA!

Y les dijo: Mirad, guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Lucas 12, 13-21

Las cosas de la tierra tienen un valor innegable, el problema no son las riquezas y las cosas materiales en sí mismas, el verdadero inconveniente llega cuando estas atrapan el corazón del hombre y hacen que este se plantee su existencia desde lo estrictamente material, cuando el tener se convierte en un fin último en sí mismo. Al respecto, escribió Pablo VI: El tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo que le impide mirar más allá. (Pablo VI, Populorum progressio, n. 19)

Esta visión más allá de los bienes atañe directamente al prójimo, el corazón corre el riesgo de volverse avaro, indolente e indiferente, seguro en lo material y alejado de la corresponsabilidad inherente a las relaciones humanas. Por eso el Evangelio de hoy es una llamada a atesorar bienes para el reino de los cielos, hacernos ricos ante Dios y no atesorar bienes de este mundo, o como dice la segunda lectura: buscar los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

Que el Señor nos ayude a apreciar en su justa medida nuestros bienes materiales e inmateriales y que seamos capaces de compartirlos con nuestros hermanos más necesitados.

FALTA DE FE

Jesús les dijo: Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta. Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.

Mateo 13, 54-58

La fe es un elemento necesario para obrar milagros, san Gregorio Nacianceno lo expresa de esta manera: como para las curaciones se necesitan ambos elementos, a saber, la fe de los que eran curados y la fuerza del que los curaba, no podía darse uno de ellos faltando el otro (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,10) Quizás la familiaridad de los vecinos de Jesús sirvió de obstáculo para que se encendiera en ellos más que el asombro, la capacidad de creer, la fe necesaria para poder hacer allí obras asombrosas.

El hecho de que sea el hijo del artesano parece obstaculizar el camino de fe, también el conocimiento del resto de sus parientes. El versículo 55 es importante porque se nos revela a qué se dedicaba san José y el mismo Jesús durante su vida oculta: Se le tenía por hijo de José el carpintero (…) y fue considerado Él mismo como un carpintero, y es así como fabricó obras de este oficio – arados, yugos – mientras estaba entre los hombres, enseñando con ellas los símbolos de la justicia y lo que es una vida de trabajo (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 88,7)

Señor, auméntanos la fe…

LO NUEVO Y LO ANTIGUO

Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo.

Mateo 13, 47-53

De mi etapa de formación académica, recuerdo con mucho cariño las clases de Sagradas Escrituras, principalmente, sobre los Libros proféticos y Sapienciales y sobre el Corpus Paulino, la razón es muy sencilla: fueron clases que lograron asombrarme. El profesor de Libros Proféticos habló todo el tiempo del contenido de su materia y jamás mencionó el nombre de Jesucristo pero hizo que lo tuviéramos siempre presente en nuestra mente. Más explicito fue el otro profesor: nos explicó cómo si queríamos entender bien las Escrituras debíamos siempre dejar hablar de Cristo al Antiguo Testamento e iluminar este con el Nuevo. Fue un ejercicio de lectura de la Biblia fascinante.

A esta influencia mutua se refiere el versículo donde el padre de familia saca del tesoro lo nuevo y lo antiguo. Estamos llamados a enamorarnos de las Sagradas Escrituras, pero hemos de saber que no son dos partes aisladas y sin conexión, sino que hay un hilo dorado que las une, la figura de Jesús, el Hijo de Dios, así, todo el Antiguo Testamento habla de Él y el Nuevo Testamento remite constantemente al tesoro antiguo.

Creo que esta conciencia marcó un antes y un después en mi modo de acercarme a la Palabra de Dios, ya sé que no solo hay que hacerlo con fe, sino con la plena convicción de que en su totalidad la Escritura habla de un único plan de salvación alcanzado en Cristo Jesús.

SAN IGNACIO DE LOYOLA

El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Mateo 13, 44-46

El hombre es movido por el logro tanto como por el dinero, es más, este se convierte normalmente en el medio para alcanzar los fines que suben a su corazón. El hombre es un comerciante de perlas, pero no cualquier perlas, de perlas finas, nadie quiere para sí lo peor y nos vamos siempre en búsqueda de lo mejor. Pero cuando eso mejor ya está a la mano, después de disfrutarlo (si es que se disfruta) el hombre avanza buscando otra cosa, siempre algo más aparece arrastrándolo, seduciéndolo. El hombre, pues, es inconformista y está en completa búsqueda.

Pero, ¿qué tal si encontrara la plenitud que busca? Normalmente ocurre que, cuando el hombre encuentra a Dios, pasa a relativizar todo lo demás como logros menores comparados con la grandeza de Dios y, concretamente, de Jesucristo. San Pablo lo expresó clara y bellamente cuando dijo: más aún, todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo (Filipenses 3, 8) Todo aquello que se consideró en su momento un gran logro en comparación con Cristo queda bastante empequeñecido, las grandes cosas de este mundo, en comparación a Cristo, pasan a ocupar su justo lugar según la jerarquía que designa el puesto central de Cristo en la vida. Pidamos, pues, a Dios que nos enseñe a vender todo lo que tenemos, aún aquellas cosas tan legítimas, y darles su justo lugar teniendo a Cristo como el primero en nuestro corazón.

TRIGO Y CIZAÑA

El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno.

Mateo 13, 36-43

Esta parábola es toda una respuesta a la pregunta de por qué existe el mal en el mundo. Este es como la cizaña sembrada por un enemigo. Si no conocéis esta planta, sabed que crece en medio del trigo y dada su semejanza con este, también es llamada falso trigo. Solo llega a diferenciarse plenamente en la época de espiga en la que queda al descubierto. La cizaña, según consulté en Wikipedia es parasitado por un hongo tóxico que no es muy conveniente que venga a parar mezclado con el grano de trigo.

Esta explicación de la parábola del trigo y la cizaña es toda una invitación no solo a la perseverancia en medio del mal sino, ante todo, a la paciencia y la esperanza en medio de las vicisitudes del mundo. Al final de los tiempos el mal, tal como lo conocemos, será expuesto y aniquilado, ya no será más, esa es nuestra esperanza. Todas las estructuras de pecado caerán y los sembradores del mal no existirán más. No podemos alcanzar a imaginar estas palabras consoladoras para una comunidad sumida en medio de las persecuciones, pero sí que podemos tomar estas palabras para que nuestro propio camino se vea iluminado en la esperanza. Que el Señor nos ayude.

SANTA MARTA

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».

Lucas 10, 38-42

San Agustín, hablando de Marta y María, decía: «Aquella se agitaba, esta se alimentaba; aquella disponía muchas cosas, esta solo atendía a una. Ambas ocupaciones eran buenas». Para él, por tanto, se trataba de dos realidades personificadas en ambas hermanas. En la vida de la Iglesia estas dos realidades han convivido desde su misma fundación: en el mismo Jesucristo apreciamos esta doble realidad, una vida intensa de oración y una vida intensa de actividad evangelizadora. Así, en la Iglesia, se dan estas dos realidades intrínsecamente unidas en la vida activa y la vida contemplativa.

Existen muchas comunidades religiosas de vida activa que se dedican a la enseñanza, evangelización, atención a los enfermos, etc. y muchas de vida contemplativa realizando una labor de extrema importancia para la Iglesia dedicados enteramente a la oración. Hay que hablar, sin embargo, de rasgos contemplativo y activo, porque, en realidad, están ambas unidas y así se llega a ser activos en la contemplación y contemplativos en la acción.

Los cristianos estamos llamados a encontrar este equilibrio en nuestras vidas cotidianas, a encontrar en nuestra actividad cotidiana la presencia de Dios en medio del mundo, pues como escribió san José María: Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno descubrir.

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